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La Rosa de los Vientos

22/06/2025
 Actualizado a 22/06/2025
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Una vez más, he tenido que escoger lentejas y eliminar esas piedras diminutas que te hacen polvo los dientes, para convertir en comestibles sucesos pequeños y cercanos, con tropezones escondidos que hacen daño. De nuevo, ves ese aleteo de mariposa capaz de mover el eje de la tierra y compruebas que una sola muerte puede cubrir las miles y miles que se produzcan en ese mismo momento. Y una sola noticia  le resta importancia a todo lo que esté ocurriendo, desde el otro extremo del mundo hasta debajo de nuestros balcones. Esta semana debía de ser amable para hablar de una luna de fresa dedicada a Silvia, de una cuelga de cumpleaños por San Antonio, el Santo del pan de los pobres con un niño en brazos y un lirio en la mano, al que mi madre echaba la oración mágica y encontraba las agujas de todos los pajares. Otra opción era hablar de un rebaño de ovejas, por tocar tierra, entre tanto cielo. 

Hoy, 15 de junio, es el Día Mundial del Viento. De todos los vientos. No voy a mencionar esos tan polémicos que unas aspas gigantes mueven sobre las cumbres de nuestros montes. Me inspiran más los que acarician o vapulean, los que son metáforas llegadas desde el fondo de la mitología griega, desde la isla en la que Eolo guardaba los cuatro vientos cardinales: los Anemoi, a veces tan suaves como ráfagas, otras veces dejándose notar como hombres alados. 

Y otras, más temibles, vientos representados por caballos encerrados en establos, que Eolo gobernaba y liberaba a su antojo. Viendo cómo andan las cosas por el mundo, es fácil imaginar que, en este momento, aquellos establos están vacíos y los caballos andan a rienda suelta y desbocados. Vamos a omitir a Bóreas y Eurus, dioses del viento del Norte y del Este, que de seres crueles ya estamos hartos. Algo más amable resulta Noto, el anciano triste, dios del viento del Sur, cálido y húmedo, asociado a las tormentas de finales de verano. 

Pero de todos ellos, me quedo con Céfiro, el dios del viento del Oeste y mensajero de la primavera, el que engendró los caballos inmortales de Aquiles y el único que destaca  por su suavidad y dulzura. El que da nombre a la brisa ligera y suave y  encarna la tranquilidad y la calma. Me quedo con él por ser  el más suave de los vientos y el único libre, después de que Eolo regalase a Odiseo los otros tres, encerrados en un saco. Sólo  Céfiro pudo suavizar el huracán que hace un mes supuso la marcha de Silvia, la joven a la que venció la enfermedad a pesar de la colaboración ciudadana, para costear una operación, echando pan a la esperanza, como dice un personaje de Martín Gaite. Solo un dios menor podrá convertir tanto dolor en apenas ráfaga.  Ahora Silvia es árbol y sus cenizas retroalimentan sus propias raíces. Es jardín, dando sombra y regazo a sus padres. Y es campo y libertad, habitando en otro árbol plantado por sus amigos para saber dónde encontrarla y que Céfiro pueda abrazarla. 

La segunda estampa amable de la semana, que de repente se convirtió en funesta, era una cuelga de cumpleaños.  Pero el día se rompió, los trece años de Irene se hicieron viento de repente y los bombones de la cuelga se convirtieron en algo amargo. El Instituto de Eras de Renueva lloraba a coro y no había lugar dónde encontrar consuelo para sus compañeros, que no dan la asignatura de morir antes de haber vivido.  No tiene sentido que una niña se vaya y es ese instante el que hace pequeña cualquier cosa que ocurra en el mundo. El día de San Antonio, que algunos creíamos inventado para nacer, se nubló para siempre.

Solo uno de los tres mensajes de la semana se mantuvo y aunque parezca no tener relación, dejamos a las merinas que crucen esta columna, continuando con la ancestral costumbre de la transterminancia, como cruzan esas Cañadas Reales que dudo que aparezcan en el mapa imaginario de la Rosa de los Vientos. Seis días de camino, desde el Burgo Ranero hasta el Puerto de Fontanales que será cobijo durante el verano, para después, desandar los mismos caminos, de regreso a casa. Veredas con infinitos destinos porque a los cuatro vientos cardinales, dicen los libros que se fueron añadiendo otros menores, formando un laberinto de vientos intermedios difícil de transitar, hasta formar la Rosa de los Vientos, con la flor de lis en el centro. 

Hoy, Céfiro, el viento del oeste, el único amable, se ha dejado utilizar y se ha declarado culpable porque duele menos el viento que la muerte. Es él quien se lleva a las niñas de trece años. Se las lleva en volandas hacia reinos que no conocemos, en los que abundan los lirios como el que San Antonio lleva en la mano. 

También allí habrá lunas de fresa para que los niños de Silvia puedan verla desde abajo. Y cañadas reales e inofensivos rebaños triscando las zarzas de los caminos que forman la Rosa de los Vientos. Esa brújula en la que tu pie derecho marca el norte, vayas donde vayas. 

Homenaje a Silvia, la joven que ya es árbol. Y a Irene, la niña que ya es viento. Un abrazo a sus familias y dos silencios para ellas.

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