Se nos cae el romanticismo desde los cimientos. Como dicen ahora los chavalotes, «literal». La casa Gil, esas piedras que han solventado los embates de los tiempos para superarse a sí mismas y mantenerse en pie, con más de un achaque y muchas ganas de seguir, cuelga el cartel de se vende. El anterior pudo ser el de amenaza de ruina, pero ese se escondió tras el balcón y dentro de un frasco de intentos de volver a ser, que se quedaron en un juego literario que el mejor Enrique hubiera llevado, al menos, al Facebook.
La casa natal de Gil quiso contener el jardín romántico que gobernara la corriente del literato y la Fundación Enrique Gil y Carrasco se remangó para hacerlo realidad. Y después de un crowdfunding, de una ayuda tímida de la Junta y de comenzar a desperezarse de ese olvido mantenido en el que los siglos habían dejado diezmada la casona, no pudo más. De un empuje al que se sumaban más de dos manos por persona se pasó a volver al estado comatoso inicial. Se necesitaba más que un arranque. Un acelerón. Y no se pudo pasar de las promesas.
Así las cosas, en una agonía con morfina, la casa Gil dejó de tener el sentido nostálgico en el que basaba su intento de salir del estertor. Y ahora es pasto del billete.
Conjuga mal el presente de indicativo del verbo romantizar con esa doctrina económica de monetizar cualquier recuerdo que la vida y el tiempo dejen en pie. Se vende. Como si fuera un apartamento cualquiera, con la vulgaridad del hormigón nuevo. La casa donde nació Gil y Carrasco en Villafranca, con esas ventanas a las que un día se asomó, busca dueño. Y ni un pueblo ni una comarca miran la jugada de frente para mover la cabeza de lado a lado y negar que el patrimonio pueda servir para llenar bolsillos.
En Ponferrada, la casa en la que vivió se reconoce a duras penas. En la plaza del Ayuntamiento, escondida bajo un escudo protegido y con una placa que cuesta leer, se deja ver, con perfil bajo, esa casa.
Aún está viva y abre sus balcones. Inertes, no respiran, pero parece que su pálpito se ve traicionado por esa sentencia de futuro. Se busca nuevo dueño, con la condición de que escriba un verso. Qué va.
La condición de comprar una propiedad romántica deja de lado la poesía y se basa en exclusiva en saber quién da más.
Ay, Enrique, «que no naciste tú para este suelo».
«Un tiempo vi de lustre y poderío
escrito en deleznables caracteres,
porque pasó el honor y antiguo brío
como liviana pompa de mujeres».
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