La República en Roma fue su momento de mayor esplendor. En aquella etapa de la historia de la civilización que creó occidente, conquistaron Hispania, Francia, Inglaterra y muchas otras zonas del mundo conocido que llegaban hasta Siria. Los romanos eran muy listos y llegaron a la conclusión de que la primera magistratura del Estado, el Consulado, tenía que ser dual. Había dos Cónsules que se vigilaban entre ellos para que el otro no cometiera demasiados desmanes; además, regularon el tiempo en que un mismo hombre podía ser Cónsul: un año con otro de prórroga. Después, si querían volver a ser Cónsul, tenían que empezar desde lo más bajo del escalafón: presentarse a Cuestor, Edil y Pretor. Además, todos los cargos eran controlados por las asambleas populares, los Comicios, y el Senado, y lo hacían con una rudeza que para sí quisieran los parlamentos modernos. Se trataba de que los Cónsules y demás cargos de la administración romana no tuviesen más poder del necesario para gobernar coherentemente. Pensaréis que un año no es nada, como en el tango, que es imposible cumplir un programa en tan escaso tiempo. ¡Hombre!, pues a ellos no les fue nada mal, cree uno, mayormente porque fue el Estado, incluyendo a los modernos, que más construyó en la historia. Por ejemplo, las autovías y autopistas de este país nuestro, la España a la que odiamos y queremos a la vez, están construidas sobre las «vías» que ellos nos dejaron. Los Yanquis, a los que detestamos cordialmente y que nos han condicionado la vida en los últimos noventa años o más, también tienen tasado a rajatabla cuanto tiempo puede ser un fulano presidente: ocho años, ni uno más, ni uno menos.
En España, desde que murió el General, dos presidentes, Felipe González y Pedro Sánchez (y menos mal que Aznar se quitó el solo del medio, arrepentido de las que había preparado), han pasado en la Moncloa más de ese tiempo y a nadie le parece mal; y Pedro Sánchez quiere otros cuatro años de momio, presentándose como cabeza de lista en las próximas elecciones generales (sí, ya sé que no puedo quejarme de nada porque no voto).
También sé que ese espejismo de «la voluntad popular» es sagrado en cualquier democracia y que, el fundamento de esta es respetar el resultado de los comicios, aunque no nos gustes o no votemos. Pero yo estoy necio en lo de lograr que el que mande lo haga un año..., dos a lo sumo. Todos los presidentes que ha tenido este país, desde Suárez a Sánchez, han padecido lo que los politólogos llaman «el síndrome de la Moncloa», que viene a ser un apego exagerado al palacio donde habitan; o sea, al poder en su máxima expresión. Todos se han creído el ombligo del país, hombres llamados a cambiar el destino de la nación con sus políticas, a ser, al final, unos salvadores de la patria. Y la patria, en este caso España, no necesita salvadores porque ya los tiene: somos tú y yo y el otro, los que hemos trabajado como animales para sacar adelante a nuestras familias, y, consecuentemente, a la nación.
Quién no quiera ver esta verdad se convierte, en un pis pas, en un dictador de salón, en un Tirano Banderas cualquiera. Guilio Andreotti, aquel político italiano, primer ministro de la República en los años setenta del pasado siglo, dejó una frase para la historia, copiada del inglés Lord Acton: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente», aunque don Giulio le puso un matiz muy mediterráneo, «y pobre del que no lo alcance». Ante las próximas elecciones, uno, desde su atalaya ácrata, sólo puede desear que no vaya a votar ni dios, o, por lo menos, sus apóstoles.
Durante los últimos cincuenta años hemos asistido a una sucesión de gobiernos tocados todos ellos por la mancha de la corrupción, del nepotismo, del «quítate tú que me pongo yo»; gobiernos que no han acometido (ni lo han intentado), los problemas estructurales que acabarán estrangulando a España, tipo vivienda, seguridad social, enseñanza obligatoria y gratuita para todos y un largo etcétera. Encima, en esta precampaña que parece una campaña, oímos lindezas como la que soltó hace pocos días uno de Vox que debe ser un lumbreras: «hay que privatizar las pensiones», o sea, la Seguridad Social. No voy a escribir lo que pienso del prenda y su frasecita, no quiero que el director de La Nueva Crónica se enfade, ¡otra vez!, conmigo, aunque os lo podéis imaginar. Sólo digo que, al escucharle, hasta Franco se revuelve en su tumba y que Alcalá-Meco está muy vacía. Salud y anarquía.
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