18/05/2022
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Comprendo las campanas como un corazón de bronce y su tañer como el ritmo de la sangre que bombea un pueblo todo, junto, su latido. Las campanas pertenecen a esa clase de objetos que no distinguimos en el horizonte de lo cotidiano, de tan acostumbrados –un vaso, una caja, una puerta, una llave, una navaja– cuyo inventor no tiene nombre y, sin embargo, si faltaran los días serían diferentes. Es causa de asombro que algo tan sólido, contundente, incluso basto, como una campana, sea capaz de dar sonido a sentimientos tan radicalmente humanos: el júbilo en la fiesta, lanzadas al vuelo, el luto por la muerte, con su toque espaciado, la llamada de urgencia cuando abrasa el fuego. Ningún otro instrumento, delicado, ni siquiera la suma de una orquesta expresa con tanta humanidad el sentir de una comunidad.

Ya cerca de la una, se abren las puertas grandes de la iglesia, lleva la cruz Balbino, un chico la bandera roja, sin necesidad del exceso de los tronos, en unas andas que no se diferencian del humilde cuezo en el que los albañiles amasaban el yeso, cuatro labradores portan a hombros la imagen de su Santo Patrón y su pareja de bueyes, le sobran la soberbia de las flores, le basta un sencillo ramillete de espigas como adorno. Manolo, en la torre, repica las campanas con brío, como si se fuera a acabar el mundo.

Vamos en procesión, una procesión que nada tiene del espectáculo en el que se han convertido. Vamos de rogativa. Francisco recita la lista de los Santos y todos respondemos que recen por nosotros. Ora pro nobis. La religión también es esto, desde su origen, un re-ligar, unir la soledad del solo en un nosotros, en el consuelo y refugio del nosotros. Vamos a bendecir los campos a auspiciar una buena cosecha. Llegamos hasta ‘los Engíos’, allí el cura bendice con agua. El agua es un símbolo.

Hemos desacralizado el mundo. Ahora los símbolos son logotipos de marcas de moda. Cuando la naturaleza deja de ser sagrada nada impide ya explotarla, arrasarla, acabar con ella. Hubo un tiempo en que los emperadores completaban sus títulos con el epíteto de ‘Pío’. Un hombre venerable era aquel que estaba en armonía con los dioses, porque se sabía insignificante, y esto le movía a la compasión, con los demás, a la bondad, a la piedad. Hoy ni siquiera sabemos qué significa piedad. Regresamos cantando. Salvo León, yo soy el más joven. Melancolía por este mundo que fenece.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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