26/01/2026
 Actualizado a 26/01/2026
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En el reciente Foro Económico Mundial de Davos se han escuchado una serie de afirmaciones respecto al futuro tecnológico que me producen escalofríos. Será la edad. O la experiencia. Allí ha dicho el multimillonario Elon Musk (X, Tesla, Space X) que en 2031 la Inteligencia Artificial superará el razonamiento de los seres humanos y que, sumado a los avances en robótica, estamos ante el cambio social más radical de la historia de la humanidad.

Pese a que es evidente que vivimos en una sociedad cada vez más dependiente de la ciencia y de la tecnología, conozco a unas cuantas personas que se niegan, por ejemplo, a utilizar un simple smartphone, a conducir vehículos automáticos, a contar con una aplicación bancaria online o a disponer de redes sociales. Cierto es que todos estos colegas antisistema peinan canas, pero no son ancianos. Aunque es una especie en extinción, hay que reconocer que el mérito de su rebeldía es ir contracorriente, negándose de paso a disfrutar de las comodidades que nos ofrece la innovación.

Otra afirmación oída en Davos me genera aún mayor preocupación. Las grandes sociedades inversoras del mundo occidental han puesto el ojo en la España vaciada para convertirla en la central eléctrica de Europa. Dicen que en pocas décadas no habrá apenas población en esos territorios y que será el momento de realizar una instalación masiva de placas solares, resolviendo así uno de los grandes retos energéticos del futuro. Imagino la mitad de la provincia de León convertida en un enorme panel fotovoltaico. Lo peor es que me lo creo y no es consuelo pensar que no estaré aquí para verlo.

Me consta que no se pueden poner puertas al campo, pero seguro que ese mundo tecnológico del futuro no será mejor, aunque al ritmo de destrucción del planeta que mantenemos y con los sujetos que dirigen el mismo, es más que probable que algunas películas futuristas se conviertan en cruda realidad.

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