Ocurrió durante unas vacaciones navideñas. Mis hermanas mayores se empeñaron en que había que ir al cine a ver una película muy buena. Y fuimos al hoy desaparecido Teatro Emperador, padre, madre y los cuatro hermanos. Yo tenía 14 años. La obra de arte en cuestión era “El Golpe”. Aquella sesión de tarde-noche quedó grabada en mi memoria para siempre. Tenía cierta constancia de la envergadura de actor de Paul Newman, pero ni idea sobre el tal Robert Redford.
Aquella experiencia me amarró de por vida al cine y al carisma de un tipo más que interesante, a quien con el paso de los años he ido admirando más cuando le he escuchado hablar de cuestiones ajenas a la gran pantalla. Detrás del actor, del atractivo y guapo galán que dicen tantas y tantos, había un paisano de esos a los que a uno le habría encantado conocer.
Su rebeldía juvenil, una particular expresión de su enfado con la vida por las trágicas pérdidas familiares, el apoyo desinteresado al cine independiente y su visión de conjunto del mundo actual suponen muestra suficiente del talento personal de Robert Redford, al margen de su valía como hombre del cine, delante y detrás de la cámara, tal y como se ha dicho y escrito estos últimos días en las redes sociales, en prensa, radio y televisión de todo el mundo.“La gente no conoce ni el nombre de la mayoría de los ministros del Gobierno, pero todo el mundo identifica a Robert Redford”, subrayaba una desconsolada fan del actor en un programa especial sobre su figura.
He visto casi todas sus películas, “La Verdad”, junto a Cate Blanchet, la última y en todas ellas su sola presencia en la pantalla ha sido motivo suficiente, durante décadas, como para acudir a una sala de cine y pagar una entrada. Ahora que nos ha dejado, buscaré el modo de volver a verlas y de recrearme con esos personajes tan bien construidos, tan sólidos. Hasta siempre, Robert Redford. DEP