«Padre, dígame qué le han hecho al río, que ya no canta». Es Juan Manuel Serrat quien se lo pregunta. Y es lo que este hijo del Padre Esla, quien se hará la misma pregunta al llegar al pueblo, y buscará el murmullo del río a pocos metros de su casa. Imposible verlo, o, escucharlo. Rodeado de maleza oculto, desde que fuera entregado a las Eléctricas y dejara de ser propiedad de los paisanos.
Tal es el cambio habido en aquellos pueblos, antes espejo de la naturaleza más amable, y ahora «campos de soledad y desamparo». Y no es que el cronista no lo viera venir, puesto que, al marchar de allí en busca del pan de cada día, ya se había comenzado el proceso de destrucción de un mundo rural para dar paso a un cambio de panorama, que nada tenía ya que ver con el «franquismo» y sí con la entrada en el Mercado Común, una de las hazañas más supervaloradas de la historia patria, y que peores consecuencias trajo para una cierta forma de vida que hoy muchos echamos de menos, sin caer en la nostalgia.
Algunos, viendo la que se avecinaba,llegamos a plantar en nuestro patio (corral), nogales que recordaran la memoria de aquellos padres, a los que ahora, como Serrat, acudimos por estas fechas con preguntas que no son reproches sino lamentos que incluyen la compasión hacia aquellos padres: «Padre, deje de llorar, que nos tienen declarada la guerra».
La guerra, una vez más. Todas las guerras. Las guerras de la pobreza contra el mal llamado desarrollo. Porque, vamos a ser claros: no había ninguna necesidad de machacar aquel modo de vida. El hecho de que el nivel cultural subiera en los pueblos y muchs encontraran nuevas formas vida, no vacíaba aquello, puesto que la tecnología (la maquinaria, los tractores) permitía suprimir mucha mano de obra. Pero que te dejaran de pagar la leche de las vacas (porque era más barata la que venía de Francia) no es más que un ejemplo del fracaso de la política para con el campesinado.
Ahora solo nos queda cantar a nuestros padres. Y aguantar las impertinencias de los nefastos políticos de hogaño. Y de eso sí que somos culpables. Creo que hay pueblos, quemados este verano sin que nadie lo impidiera, que hasta han votado a aquellos que tenían en deber de haberlo hecho y ni siquiera se disculparon.
Padre, qué le pasa el río en el que tú y yo pescábamos a mano, que ni siquiera devuelve a tu hijo el saludo cuando ahora llega del Mediterráneo.