La cartografía de los ríos leoneses es muy hermosa y significativa. Todas sus aguas terminan ya sea en el Atlántico, a través del Esla, que las conduce al Duero; o, a través del Sil, que las entrega al Miño («El Miño tiene la fama, / pero el Sil lleva el agua»); o ya al Cantábrico, a través del Cares, que las conduce a tierras asturianas y, de allí, «a la mar océano» como decían los antiguos. Todo esto, en líneas generales, claro está.
Las aguas leonesas que van transcurriendo hacia el Duero, a través del Esla, configuran, en buena medida, esa cartografía fluvial de buena parte de la provincia, a través de líneas descendentes –las que va marcando cada río en su peculiar transcurso– desde la cordillera cantábrica hasta la meseta, que configuran valles o riberas, que configuran no solo la geografía, sino también el elemento poblacional y antropológico.
Era Julio Caro Baroja, con su proverbial sagacidad, quien dividía la provincia de León en tres grandes áreas geográficas, que configuran, claro está, la peculiar antropología de los leoneses: la Montaña, la Ribera (las riberas) y el Páramo.
El Páramo, si en el pasado era tierra de sequedad, de rebaños y de cultivos de secano, hoy, a través de canales y riegos, participa también de esta cartografía del agua de la que venimos hablando a lo largo de estas líneas.
Pero las riberas leonesas, los cursos de los ríos, unos tributarios de los otros, en una cartografía de vasos comunicantes, que, vistos en el mapa, parecen ser expresión del sistema nervioso de la tierra, configuran una peculiar cultura, tanto en el plano sagrado, como en el profano, de localidades junto a su curso, ya sea en el propio valle, o ya asomadas a él a través de montículos, de iglesias y de ermitas, de antiguos molinos, de antiguas barcas para pasar de una margen a otra, de praderas y antiguas linares, de choperas, de cultivos agrícolas… En fin, todo aquello que configura la vida del ser humano en el espacio y en el tiempo (en ese peculiar ‘cronotopo’ que configura la vida de cada comunidad humana).
También esa cultura de ribera de la que hablamos está configurada por un imaginario tradicional que se expresa en leyendas: de localidades desaparecidas, al comer todo un pueblo una gran trucha pescada en el río (en este caso, en el Esla), pero envenenada, al estar fecundada por una gran culebra o serpiente de agua; del empeño desafiante pero estéril del molino de la griega (como ocurre en La Quebrantada, mirando al Porma); o, también, se janas, moras encantadas o sirenas… que viven en las propias aguas o en cuevas emboscadas junto a las márgenes de los ríos.
Asomada desde el monte a ese espacio de desembocadura de un río en otro (‘ambasaguas’, ‘ambasmestas’…), se encuentra la iglesia de Ambasaguas de Curueño, que ve, desde el montículo en que está enclavada cómo el Curueño desemboca, tributa sus aguas al Porma.
Pues, bien, en un significativo arco lateral y ciego de la iglesia, trazado con sillares y mirando al río, aparecen representadas en las pilastras que lo sostienen sendas sirenas legendarias o mitológicas (janas, xanas, xianas…, en el decir campesino leonés); en los sillares de los que arranca el arco, en cada una de sus partes, se representan el sol y la luna; hasta aquí, lo pagano, esa cartografía legendaria y cosmológica que viene de muy antiguo; pero, en la clave del arco, en el punto culminante: una representación de la cruz, labrada en piedra y en bajorrelieve, con su extremo superior y laterales flordelisados.
Sincretismo cultural. Lo pagano y lo cristiano representados en una iglesia, mirando a las aguas del Curueño y del Porma. La cartografía geográfica se transforma también, siempre, en una cartografía humana, cuyas huellas hemos de conocer.
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