El rigor de unas mayúsculas

30/05/2026
 Actualizado a 30/05/2026
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No sabía sobre qué escribir este texto. No había encontrado el tema concreto que tanto anhelo siempre antes de escribirlo y que termino añorando, pues nunca suele tenerlo. Y no es que haya pocas cuestiones sobre las que mostrar la opinión, pero no sé la que me merece la salida de De la Barrera de la Cultural. Tampoco, lo confieso, me llego a enterar del todo de lo que ocurre con Zapatero y la ‘kitchen’ me sigue sonando, sobre todo, a cocina en inglés.

Es por miedo a parecer ignara que, a modo de instinto de supervivencia, una acaba localizando reductos de sencillez que amenizan la comprension.O que, más bien, aportan la incomprensión necesaria para lanzarse, bizarra, a escribir. 

Es lo que ocurre asomando el hocico por ese hervidero de odios que hemos considerado llamar, paradójicamente, redes sociales. Y atisbando las reseñas de una publicación cualquiera en ese mamotreto digital que se traduce ‘libro de caras’; donde cada cual juzga la del resto por su portada. No hace falta irse muy lejos ni a cuestiones muy serias, como el racismo despedido en comentarios cuando el equis porcentaje de inmigrantes adquiere la nacionalidad española en León, un lugar que necesita gente. Basta con atender a informaciones más simples, como la de la escultura gigante que ayer apareció en Las Lomas.

Emergen entonces expertos del arte; usuarios –no sé si personas– que te explican petulantes –normalmente, en mayúsculas– lo que puede considerarse como tal y lo que no. Individuos –¿individuos?– que describen la hazaña, iracundos, como el fruto de una injusta subvención, sin percatarse –¡pobres mastuerzos!– de que en esta vida todavía quedan personas –ahora sí– que deciden hacer lo que sea por algo distinto al dinero.

En esos reductos, habitualmente pierdo la fe en la humanidad. Aunque no tardo en recuperarla en uno de esos giros metafísicos de la realidad; cuando se originan comentarios de los comentarios y comentarios de los comentarios de los comentarios, construyendo un universo infinito y borgiano que me resulta un deleite sin igual. Construyendo, visto de otro modo, un mosaico muy creativo, con líneas invisibles que desglosan la disparidad; como algo propio de un cubismo tácito. O de la obra críptica de Kandinski. O del estilo inefable de Vela Zanetti, por ponerme local.

Emergería entonces, de nuevo, ese individuo –ese usuario–, que vendría a decirme que eso no es arte. Y me lo diría, claro, con el rigor del experto; el que conceden majestuosas las putas letras mayúsculas.

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