¿Qué tendrá el poder, con mayúscula, que la gente hace lo que sea por conseguirlo y, una vez que ha llegado a él, pierde la noción de la realidad? Un servidor fue testigo directo de cómo una persona atesoró cierto poder y, poco a poco, fue transformándose, haciéndole perder su esencia, que fue precisamente lo que le ayudó a ser poderoso.
Hay dos maneras de alcanzar las cotas de poder deseadas, por el camino más largo y sacrificado, en el que hay ciertas líneas o códigos morales y éticos que no se deciden franquear, y el modo más rápido, dejando cadáveres por el camino sin remordimiento y vendiendo a amigos y fieles compañeros de viaje. Pero no me quiero centrar en el proceso, sino en lo que ocurre una vez conseguida la meta y cómo, una vez tras otra, se repite el patrón que demuestra la debilidad del ser humano y su capacidad de autoengaño, con la complicidad de quienes le rodean y que, precisamente, deberían ser los que alertaran de la evidente pérdida de papeles.
Antes de valerme del mítico cuento de ‘El rey desnudo’, de Hans Christian Andersen, voy a centrarme en la estrategia seguida por aquellas personas que quieren eternizarse en el poder y que, para ello, utilizan argumentos de trileros cutres.
«Hay una campaña impulsada por algunos medios de comunicación que, a base de mentiras, quiere echarme del poder de manera ilegítima. Si yo me voy, la situación que vendrá a continuación será caótica y peligrosa. Yo no ostento el poder por un interés personal, sino para evitar que los malos se hagan con él».
¿Les suenan estas frases hechas y carentes de verdad? A mí sí y, la verdad, es que apestan a populismo barato, aunque, visto lo visto, eficiente. Y no se equivoquen, este drama social y democrático no afecta a una sola ideología o zona concreta del mundo, sino que es un virus global. Donald, Vladimir, Pedro, Javier, Santiago, Pablo, Isabel… y así podría continuar aportando nombres de pila a los que no es complicado completar el apellido, pero eso ya lo dejo a su criterio. A estos susodichos, especímenes de la fauna política, se ha unido hace unos días un tal Florentino, del ámbito deportivo, lo que demuestra que esta epidemia afecta a los poderosos de todos los ámbitos.
Basándome en el cuento ‘El rey desnudo’, no me cuesta afirmar que, lamentablemente, en la actualidad hay muchos reyes en cueros. Pero no nos olvidemos de que, para que ellos hagan el ridículo con sus vergüenzas al aire, se requiere la complicidad de los cortesanos que, por miedo a perder su posición privilegiada, no se atreven a llevar la contraria al líder.