Artificial, la propia palabra lo dice. No es natural ni emocional ni intelectual; es decir, no es genuina. La IA ha sido creada por los humanos para facilitarnos, a priori, la vida.
No soy detractora de este tipo de avances robóticos. Soy muy consciente de que, en efecto, hacen menos arduas algunas labores tediosas y suponen un gran avance en muchos campos, hay que ir con los tiempos, qué duda cabe, pero estas dos palabras juntas: ‘inteligencia’ + ‘artificial’, a poco que uno se pare a pensarlo bien, dan miedo. Un abuso o mal uso de estas herramientas puede conducir a la humanidad a su desaparición o, al menos, a la negación o disolución del factor humano.
Esta semana, por ejemplo, he leído varios artículos que me han dejado helada sobre la aplicación de la IA al proceso del duelo o pérdida por un ser querido.
Por lo visto, hay aplicaciones como Hereafter AI o Storyfile que permiten a sus usuarios entablar conversaciones con sus familiares o amigos fallecidos, fotografiarse con ellos, programar encuentros en línea.
A partir de audios de los ausentes y publicaciones y fotos suyas en redes sociales, se crea un perfil fantasma con el que podemos charlar tranquilamente para sentirnos mejor y amortiguar la sensación desgarradora que produce la ausencia.
No sé cómo habrán llegado a sentirse estas personas tras estas tomas de contacto, pero éticamente me parece una aberración que la legislación mire hacia otro lado ante esta invasión del dolor. La muerte es parte de la vida, y por muy triste que sea perder a quienes amamos, afrontar el duelo y superarlo paso a paso es el camino.
Ninguna máquina puede devolverme a mi madre, a mis amigos, a mi padre, pero jamás acudiría a un sucedáneo digital que podría manipular su recuerdo, edulcorarlo o distorsionarlo. El único modo de alcanzar la inmortalidad es el recuerdo real que de nosotros tengan quienes nos sobrevivan, nuestra huella, nuestro legado.