15/08/2026
 Actualizado a 15/08/2026
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Mi abuela con las gafas y un gorro moderno. Mi abuela con el contorno de los ojos enrojecido por no ser capaz de asumir que estos lentes tan oscuros no se sujetan bien por sus patillas endebles a las orejas. Con sus cuencas carismáticamente magulladas por no atinar a la primera en la colocación del accesorio. 

Mi madre, que se ríe. Mi padre, que se ríe. Mi tía que se ríe porque está muy divertida con su vestido de estampado abstracto, el gorro modernito de mi primo veinteañero y las gafas mal colocadas. Mi familia que se ríe porque se ríe ella, sin enterarse de que aprovecho su visión temporalmente negruzca para sacarle una foto. Mi familia que sonríe por estar presenciando algo que –saben– nunca más volverán a ver.

La mirada del niño en el adulto. La del adulto en la expresión concentrada del niño. El austriaco que chapurrea inglés para explicar que Gijón está nublado, así que sin pensarlo mucho dieron con este prado yermo de San Miguel del Camino. El extranjero simpático que lo es porque en el olvido ha quedado momentáneamente la certeza de que marchará pronto. Porque en otro plano reside la seguridad de que esta provincia es una de paso.

El francés que mira al español algo menos afrancesado. Que, pudiendo haberse ido a cualquier otra punta, ha decidido asentarse en este observatorio improvisado porque no hay fronteras entre los territorios del carácter finito y minúsculo del ser humano. 

El entusiasmo que despega al reparar en que es muy probable que este rincón nunca antes lo hubiera pisado un extranjero. Al apreciar el color anaranjado de un sol que adopta la forma de la luna; al ver cómo cambia su forma. Al prestarse con pleitesía al disfrute de la oscuridad. Al escuchar el abrazo simbólico en forma de aplauso que desencadena una especie de sorpresa colectiva, aparecida entre las sendas de la costumbre por las que ya casi nunca nos sorprendemos. Al abrazar un segundo el absurdo que supone tanto revuelo por unos segundos. Al tomar conciencia, efímeramente, de que somos completa y absolutamente efímeros de principio a fin.

De tiempo en viento, necesitamos eso: un respiro para recordar que somos una mota de polvo flotando en el espacio. Un respiro antes de volver a matarnos entre nosotros.

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