marta-del-riego-webb.jpg

Los Rescatadores

31/10/2025
 Actualizado a 31/10/2025
Guardar

«Un hombre trajo un búho al que había peinado con raya al medio. Durante meses podías distinguirlo en el voladero solo por la raya. Otro trajo una cigüeña a la que había alimentado con peras al vino. Y me decía, mira, le doy una pera y verás qué cara de felicidad pone». Silvia Morcillo, veterinaria responsable del Cras de Madrid (Centro de Recuperación de Animales Silvestres), mueve la cabeza con incredulidad. «Algunos de estos animales han sufrido daños irreparables». Estamos en el encuentro del festival de cine documental ‘Pajareros’ de la SEO/Bird Life en la Casa Encendida de Madrid y yo modero una mesa redonda. Hemos visto un documental bellísimo, ‘Every little thing’, sobre la historia de una mujer que rescata colibríes heridos en la loca, loca, ciudad de Los Ángeles. 

Rescatar animales heridos. Eso es lo que hace el Cras y también la ONG Brinzal. Su director, Raúl Alonso, cuenta: «No les ponemos nombres a los animales que ingresan. A alguna gente le disgusta, dice que es impersonal. Pero ponerles nombres es humanizarlos». Silvia interviene: «Yo tengo 8.000 entradas de animales heridos al año. Estoy como para ponerles nombres a todos». 

Rescatar animales heridos. No es fácil. Y da lugar a múltiples dilemas éticos. Porque si el animal se queda mucho tiempo en el centro de recuperación, se puede desarrollar una relación de apego con el humano. Pero el objetivo de estos centros es que los no-humanos vuelvan a la naturaleza. Qué pasa si te encariñas del animal y el animal de ti. Qué pasa cuando llega un ejemplar tan herido, que acabará muriendo o que jamás sobrevivirá por su cuenta en la naturaleza. Qué pasa cuando llegan tantos animales, que es imposible cuidarlos a todos. Eso sucede, por ejemplo, con los vencejos. «En verano me entran mil vencejos, que debemos alimentar a mano con gusanos. Es inviable», explica Silvia. Intentó buscar una solución. Se enteró de que existía una colonia de vencejos en un ministerio del centro de Madrid. Descubrió que se podía acceder a ellos y creo un programa de ‘fostering’. Consiste en colocar crías huérfanas en nidos ajenos para que los adultos las adopten y las críen como propias. Me imagino a un ejército de voluntarios subidos a unas escaleras en el patio de un ministerio, mientras en el interior, el ministro de turno discute sobre presupuestos y seguridad nacional. Quizá el ministro se acerque a la ventana y vea el trasiego de vencejos. Quizá se diga, salvar a un vencejo tienen tanto valor como la firma de este convenio. O quizá no, quizá corra la cortina y le dé la espalda a los vencejos. 

Rescatar a un vencejo. Rescatar a mil. Rescatar a búhos con las plumas dañadas por un trato irresponsable, a cigüeñas con el estómago destrozado por una alimentación absurda. Entiendo el milagro que es el trabajo que hacen Silvia y Raúl. Y también entiendo lo duro que puede ser. 

Lo más leído