Así es como en Andalucía llaman a las que siempre fueron plazas circulares y que hoy, proliferando a diestro y siniestro, nos ordenan el tráfico.
Aparte de ser aquellas elementos importantes de la ciudad, funcionaban para el tráfico como una calle más: si tú estabas circulando en la plaza, el coche que entraba en ella venía por tu derecha y tenía preferencia, justo al contrario que ahora.
Es verdad que entonces no había muchos coches, pero así es como se circulaba… hasta que llegaron los ingleses, que siempre van al contrario de los demás (empezando por circular por la izquierda y roscar los tornillos en sentido inverso al del mundo mundial), y empezaron a usarlas como elemento ordenador del tráfico, que efectivamente lo es, aunque con limitaciones, porque, como haya varias entradas y una de ellas tenga una diferencia grande de tráfico con las demás, la cosa ya no está tan clara.
Puede que esto de usarlas de otra manera diferente de la actual suene a chino, pero personalmente aún recuerdo mi primera experiencia con la, entonces, nueva forma de usar las rotondas.
En 1964 o 65 tenía yo una hermana estudiando farmacia en la Universidad de Pamplona, y mis padres pensaron ir a verla. Conducía yo, y recuerdo que ella me comentó: «ten cuidado, que aquí, en Pamplona, en las plazas tienen preferencia los que ya circulan por ellas, que no es justo al contrario que ahí, en León». Y así era, según llegamos, justo antes de cada entrada a plaza, glorieta o ‘reonda’, había un cartel bien grande que rezaba ‘USTED NO TIENE PREFERENCIA EN LA PLAZA’.
Poco después, yo diría que dos o tres años, el formato se generalizó, y hasta hoy, que en cualquier nudo que haga sitio, glorieta y tente tieso, con algún que otro semáforo cuando hay complicaciones.
Históricamente esas plazas servían, además, para ser el lugar ideal para embellecer la ciudad, con fuentes, esculturas, monumentos o, simplemente, jardines, así, la Cibeles, Neptuno, la Puerta de Alcalá, o la Inmaculada, Guzmán y tantos otros, han marcado hitos y nos han acompañado en el diario transitar, ya sea en coche, a pie o a caballo en su tiempo.
Así que, aprovechando que el Pisuerga pasa por la villa y Corte de Valladolid, en todas partes se han lanzado a utilizar esas plataformas para colocar sobre ellas todo tipo de cosas, con resultados variopintos, por calificarlo suavemente.
Hace bastantes años, antes que aquí, en una de las islas Baleares de cuyo nombre no quiero acordarme (pero me acuerdo), contrataron por pingües dineros, a varios artistas locales la decoración de un buen puñado de glorietas que habían generado entre veranos. Supongo que lo hicieron con buena intención, aunque no faltó quien le añadió otras connotaciones, pero el resultado fue bastante frustante, porque la opinión pública (o quizás la mala uva), no tardó en ponerlas nombre. Así, apareció la «glorieta del escobajo», un grupo de tubos de 8 metros cogidos por la base y abiertos en abanico tridimensional, la «glorieta del pulpo» que ya se puede suponer como era, aunque pretendía ser una paloma de la paz, o la «del puchero» para los hispano parlantes y «pot-au-feu» para los locales. En fin.
Aquí, donde se está siguiendo una vía aproximadamente igual para el remate de esas soluciones al tráfico, no hemos llegado a esos extremos, pero bueno sería que se reconsiderara.
No dudo de la buena intención, pero, el resultado es muy pobre o, quizás, desangelado, ya sea por corta dotación económica, que no la sé porque las cantidades publicitadas no aclaran si es por todo o por parte (un buen grupo escultórico cuesta mucho dinero), por las condiciones del contrato o vaya usted a saber.
Porque lo que es verdad es que están muy lejos de un Guzmán, Santo Domingo o Inmaculada, por comparar localmente, y que quizás, aunque sea de agradecer el intento de embellecimiento del espacio urbano, habría que considerar que las cosas, o se hacen bien o, mejor, no se hacen, y si no se puede, basta con pocas y buenas o, simplemente un correcto ajardinamiento como solución transitoria para luego, en el tiempo, acometer el tratamiento de la rotonda.
Por cierto: parece que empieza a haber demasiados ‘leones’ sueltos por ahí, y si seguimos aquello de que «no solo de pan vive el hombre», remedándolo, podríamos decir también, que «no solo de leones vive la ciudad».
