Algunos recordamos lo que sucedió a la escala que lo vivimos: el secretismo soviético y la mortífera contaminación que denunciaron los países nórdicos, cómo la verdad se abrió paso, las diarias noticias sobre el cataclismo, la angustia de la descomunal nube tóxica y cancerígena que se abalanzaba sobre Europa, la ansiedad con que esperábamos el parte meteorológico para saber si el viento traía la muerte hacia nosotros o la mandaba al océano. Era evidente que la energía nuclear podía destruirnos.
Mi hija pequeña tiene la edad que yo tenía entonces. El pasado no previene sobre el futuro ni amortigua sus golpes; ni siquiera lo presagia. Pero el futuro suele reflejar una imagen borrosa de aquel. Y lo hace cuando ya no importa, como cuando nos miramos al espejo y vemos a nuestro padre, a nuestra madre, y solo entonces empezamos a entenderlos. El futuro convierte en familiares los fantasmas del pasado. Muchos comentan que las cosas cambiarán una vez termine o se aplaque la pesadilla de estos meses. La crisis del coronavirus ha de fortalecer los servicios públicos, la ciencia y la investigación, la solidaridad entre los países, hacia los que menos tienen... Se oye decir que aprenderemos de esta crisis y que cuando salgamos todo será diferente y mejor. Los reactores no dañados de la central de Chernóbil siguieron funcionando catorce años más. ¿Les suena Fukushima?
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