Reductos de pueblo en la ciudad

28/02/2026
 Actualizado a 28/02/2026
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No sé qué nos ha pasado o si es que esto siempre ha sido así. Me gustaría pensar que no; que no siempre hemos desconfiando tanto del vecino como hoy. Que no siempre hemos mirado al otro con los ojos tapados de la falta de empatía y compasión. Me gusta pensar que todavía hay rincones en los que el dinero se deja en la bolsa de tela andrajosa que cuelga del pomo herrumbroso que a veces cae y que siempre recoge el de la casa de enfrente, que aguarda cuidadoso la hora en que llegue el panadero para, de una voz, asegurarse de que no se olvide de dejarte el pan.

Me gustaría pensarlo y lo pienso, aunque la experiencia en mi caso se reduzca a la temporada estival de unos años henchidos de infancia, de amor. Me gustaría pensarlo y lo pienso, pero me temo que el gesto altruista de devoción a los demás es cada vez menos frecuente. 

Por eso rebusco en las ciudades los reductos del pueblo que nunca llegué a tener del todo. Como esos bares cuyos camareros ya saben lo que vas a pedir antes incluso de que tú misma lo sepas. Esos bares a los que cada día acude cortés Pilar, una mujer mayor con mucho garbo y mala vista, para pedirse un descafeinado. Y al poco marcha –sin el ‘se’– haciendo aspavientos porque el regente le ha dedicado unos cuantos chascarrillos. Claro que ella no se ha quedado atrás; lo demuestran las sonrisas cómplices de unos oriundos que, cada día, vuelven al bar. Y te saludan sin conocerte del todo, pues se sabe que mucho ya tenéis en común: el lugar, que rima con hogar y no por casualidad.

Sobre eso mismo reflexiona ahora a base de arte elMusac: sobre el hogar y sus gentes. Sobre el hogar que a veces es colmena y otras soledad; a veces suerte y otras desazón. Sobre el hogar que es el lugar más allá de sus cimientos y de sus paredes llenas de un gotelé que yo, como muchos jóvenes, vemos casi imposible  poder quererlo quitar.

Nos ha tocado una escala de grises en un mundo que se empeña en teñirlo todo de blanco o negro, según convenga y nos queda entender el hogar abrazando a sus gentes. No escuchar los discursos de odio que hacen pensar en el otro como alguien que no sea un igual. Nos quedan las bolsas de tela del pomo, aun sin tener puerta; las Pilares de los bares, aun llamándose de cualquier otra forma. La humanidad que ya sólo se encuentra rebuscando los vestigios afables del pueblo entre las frías calles de la ciudad.

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