Al tiempo que en España se ha abierto - de aquella manera - el debate, reconocen los menores australianos que, de momento, las restricciones al uso de redes sociales apenas les afecta. Como era previsible, han encontrado multitud de fórmulas para seguir utilizando sus tecnológicos canales de comunicación. Algunos dicen abiertamente que familiares y conocidos de más edad, incluso padres, les facilitan la tarea. Después de cuatro meses de apagón administrativo, los chavales del país de los canguros sonríen cuando hablan del asunto ante los medios informativos.
La preocupación por el descontrol de los contenidos en las redes sociales es universal, progenitores, educadores, psicólogos y autoridades políticas manifiestan hace tiempo sus prevenciones ante las consecuencias, a veces dramáticas, que generan entre los menores las situaciones de acoso, racismo, misoginia y similares. Las plataformas, unas más que otras, no parecen prestar especial atención a los perjuicios que pueden ocasionar sus opacos sistemas de algoritmos, los diseños adictivos o los contenidos sensibles. Con las ingentes cantidades de pasta que ingresan podrían proteger significativamente más a los menores.
Los gobiernos de Francia y Portugal han manifestado meses atrás su disposición a prohibir a los menores de 16 años el uso indiscriminado de redes sociales.
El Parlamento Europeo señaló el pasado año que, para el uso de determinadas plataformas, sería conveniente requerir el consentimiento de los padres entre chicos y chicas de entre 13 y 16 años. Y el presidente español se acaba de apuntar a la tendencia, anunciando desde Dubai que va a «proteger del salvaje Oeste digital a los menores».
Es evidente que existe la necesidad de convertir las plataformas digitales en espacios más saludables para los menores. Esperaremos a conocer el plan, si es que lo hay, y que no se trate de otro anuncio electoral de cara a la galería.