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‘Recuerdo infantil’

28/01/2026
 Actualizado a 28/01/2026
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Aunque en sus portadas ponía algo de un barco de vapor o de un ala delta, lo cierto es que llegaban sobre ruedas. Los libros de Fray Perico o del pelirrojo Teo eran los más cotizados en cada visita del bibliobús a la escuela de Almanza y los niños que allí crecimos hace tres décadas siempre nos pegábamos algún que otro empujón para encontrar antes que nadie el volumen que queríamos en las estanterías de lo que nunca supe, y los años no me han resuelto las dudas, si era un autobús convertido en biblioteca o, más bien, una biblioteca que sencillamente había tomado la forma de un autobús. Algo así, en especial para los que en aquel lugar descubrimos ‘El Principito’, como un sombrero que en realidad es una serpiente capaz de tragar un elefante.

Hoy se celebra el Día del Bibliobús, un vehículo que lleva más de medio siglo recorriendo los pueblos de León para acercar las letras a unos lugares a menudo privados de ellas. Esta inagotable biblioteca, que se renueva cada mes para sus esperadas visitas por la provincia, sigue siendo una de las múltiples ventajas de aprender, solo a veces de estudiar, en la escuela rural.

Cualquier maestro que haya impartido clase en un pueblo así lo acredita: la escuela rural eleva a la máxima potencia sus posibilidades como docente y, en consecuencia, la capacidad de aprendizaje de unos alumnos que se cuentan con los dedos de las manos. Gracias a estas ratios asumibles, los pueblos acercan una enseñanza personalizada en la que es sencillo identificar que a Fulanito se le atraganta la tabla del ocho y que Menganita tiende a confundir el complemento directo con el indirecto. Fulanito y Menganita que son, además, el hijo de la boticaria y la nieta del de los piensos, niños que no necesitan que su nombre sea bordado en ningún babi y que tampoco llevan asignado uno de esos insoportables números de clase porque tienen una historia y un contexto de sobra conocido.

Entre compañeros llamábamos a esa escuela ‘La Uni’, por aquello de que era ‘la única escuela que hay en Almanza’. Lo cierto es que no todo era perfecto allí, el ábaco estaba descolorido y al xilófono que traía don Miguel se le caían las teclas, pero tengo claro que nunca he vuelto a recibir unas clases de tanta calidad. Ni en la ciudad con su presunto progreso, ni en esa falsa promesa que acostumbra a ser la Universidad. El aula en el pueblo no tenía cuatro paredes y estudiabas los tipos de hojas de los árboles saliendo a recogerlas. Aunque si se echaba a llover la maestra cambiaba de planes y te hacía recitar de carrerilla aquel poema que parecía que Antonio Machado acaba de componer justo en ese instante, observándote detrás de un mapa con los ríos de España: «Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales...».

'Recuerdo infantil’ que hoy viaja de regreso en bibliobús y que en estas líneas, con la sonrisa incomparable de quien se siente afortunado, comparto con todos aquellos que alguna vez me han dedicado, como a tantos y tantos otros, una mirada de condescendencia cuando les cuento que estudié en una escuela rural. Menuda suerte ser un niño… de los años que sean. Y menuda suerte tener un pueblo… al que siempre volver, del que nunca irse del todo.
 

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