Aquel día no supo. No supo nada. De repente miró los árboles que veía cada día al despertar, en sus paseos matutinos. El Plantío pasó de ser un parque a convertirse en una selva por la que nunca creyó haber caminado. Y se lo comía. Amarrado al suelo, sentía que no sabía. No sabía nada. De pronto no había camino hacia ninguna parte. Era como si su brújula se desnortara en un segundo de un reloj que ya no sabía leer. Todo se volvió niebla en un instante. Estaba perdido. No del sitio, sino de sí mismo. Al otro lado de la correa que se aferraba a su mano sin saber por qué, ladraba un perro. Lo hacía casi como un lamento y se subía a sus piernas hasta la rodilla, como si quisiera encontrar respuestas a aquella parada brusca que había detenido los pasos de quien siempre le llevaba a su lado. Pero él no supo responder.
Sintió a Sultán casi como una amenaza, aunque no podía siquiera pedirle que se quedara quieto. Su memoria había colapsado. No recordaba nada. Ni siquiera que hacía unos días el neurólogo se había reunido con él y con Silvia. Una reunión a tres que parecía una sentencia. Lo era, aunque aquel era el juicio en sí mismo. Algo dijo de Alzheimer que él no llegó a entender. Pero el de la bata blanca cogió las manos de Silvia y le prometió que estaría al otro lado del teléfono para lo que quisiera. Solo hablaba con ella y ambos le miraban con lástima, el de la bata y su mujer, como si quisieran acariciar su desgracia. Él no la sentía así. No sentía nada. Solo que se le oscurecían los recuerdos y los iba pintando con su imaginación. Le gustaban así, tallados a su gusto. Luego se gastaron las pinturas de su cabeza. Ya no podía ni recordar ni inventar. No podía nada. Y llegó aquella mañana después de una noche de mucho frío. Hizo lo que hacía siempre. Eso no lo olvidaba. Sultán le lamía los pasos y le pedía un pis conjunto. Él ya lo había hecho en la puerta del baño. Creyó que era el sitio de siempre. No lo era. Pero le puso la correa a su perro y salió de paseo. Cómo llegó al parque, no lo sabía. Tal vez la pila aún no estaba del todo gastada, pero lo hizo con impertinencia. Un tsunami en toda regla, cuyas olas no conseguían rebajar su fuerza. Estaba pegado al suelo cuando llegó una mano para soportar su peso. Aquellos ojos vieron el quiebro. Hablaban. Él no oía nada. Miraba. No veía nada. Por su cabeza pasaba constantemente la canción de Adelita y hasta se le escapaba un tarareo en alto, como el pis en la puerta, a gotitas, sin acierto.
Lo de la ambulancia no llegó a recordarlo. El abrazo de Silvia sí. O quizá era un viejo recuerdo. Pero era lo que nunca se permitió olvidar ese viejo amigo que había dejado huérfana su cabeza. Se secaba todo en esa nada. Todo menos ese abrazo.
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