Los líderes ultraderechistas han introducido (o recuperado, más bien) comportamientos insólitos en la política. El más llamativo quizás sea el histrionismo, la sobreactuación en cualquier foro mediante muecas, contorsiones y atrezo (motosierras, gorritas de colores, etc.) que enganchan a un público habituado al entretenimiento visual, no a ‘monsergas’ sobre el destino de sus impuestos. Este tipo de payasadas, al límite de la excentricidad y, en el caso del líder norteamericano, en los entornos de la enfermedad mental, son infrecuentes en Europa. No siempre y de momento.
El segundo atributo hace de estos individuos (e individuas) gente que profiere mentiras o barbaridades sin rubor alguno incluso siendo pillados in fraganti. Son capaces de negar la ley de la gravedad en plena caída. Usan cifras y datos falsos (fue pionero el caso de Nigel Farage y el Brexit), hacen afirmaciones ridículas con ademán serio o cabreado (Ayuso es experta) y defienden lo indefendible con exhibiciones poderosas de ignorancia. Da igual.
La nostalgia de épocas ficticias, supuestamente heroicas y casi siempre autoritarias es otra de sus características. Imperios, dominios, batallas y gestas de épica casposa componen un relato imaginario sobre su país cuya ostensible desembocadura tiende a un régimen despótico que querrían encabezar y que, por descontado, atribuyen a otros (véase el punto anterior).
Su doble rasero es distintivo: piden renuncias cuando sostienen mazones por doquier o se rasgan vestiduras por mucho menos de lo que justifican entre los suyos.
Pero, sin dudarlo, el rasgo más dominante en su comportamiento público es la grosería. La mala educación les retrata enseguida: vociferan, insultan, alientan la agresión, son irascibles, bruscos, mala gente.
Todos estos caracteres han sido adoptados en buena medida por las derechas tradicionales, empujadas al calco por su propia ineficacia para detener la sangría de votantes en su flanco extremo. Renuncian a principios y compostura por un puñado de votos abandonando un espacio donde seguir haciendo política real, no ese circo de variedades zafias. Aunque no nos engañemos: entre bambalinas se cuecen grandes negocios con la destrucción de lo público. Siempre es dinero.
Se atisban indicios mundiales de que la tendencia a confiar el destino de un país a estos mercachifles está empezando a revertir, como en buena lógica debiera ser. No cabe bajar la guardia.
Tuve un profesor que, cada vez que iniciábamos una campaña de trabajos con la incorporación de un nuevo miembro del grupo, para nuestro asombro juvenil nunca indagaba sobre su preparación o capacidades, sino que solo preguntaba: «¿es cordial?». Una pregunta primordial para saber quién queremos que nos gobierne a partir del día 29.
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