En su reciente libro titulado ‘Islandia’, habla Manuel Vilas del final de una relación de un varón mayor que su pareja. Y es el humor, un humor sabio y complaciente, el tono empleado (no la ironía ni el sarcasmo) lo que resulta muy convincente. Y es él quien habla de los rasgos generacionales y pone el siguiente ejemplo: «Ella empleaba el verbo follar como si tal cosa y yo decía hacer el amor»
Al cronista, lo de los rasgos generacionales se le queda corto. Y un tanto aburrido. En todos los ámbitos. Pero el que más es en el paisaje. Por ejemplo, en la visita anual y veraniega a su valle del Esla y aledaños: el Porma, el Torío, el Curueño, y por el otro lado el Cea, resultan raros los espacios dedicados al esparcimiento, excepto en Boñar y en Sabero que son un ejemplo de bien hacer, y en los que da gusto pasar unas horas de asueto.
Porque si hay un rasgo generacional palpable y sobresaliente es aquel que surge inmediatamente: Nada más llegar y saludar a la familia, ibas al bar a convidar a los amigos. Y, al despedirte y «quedar», hacías la pregunta: ¿Dónde nos vemos mañana? Y donde antes te respondían: A la orilla el río; hoy te dicen: En el Bar de fulano...
Y es que ha cundido la manía de abandonar a nuestros ríos como espacio natural de recuperación de los recuerdos. Es más, desde que en el Franquismo los ríos fueron entregados a los poderes económicos para que fueran ellos quienes los explotaran, ni siquiera encuentra uno forma de acercarse a la corriente sin riesgo de descoyuntarse o de salir pinchado por los dientes de las zarzas. Y así le ocurre al cronista, con el Padre Esla a pocos metros delante de su casa tiene que preguntar a los vecinos donde está el río porque no hay forma de verlo ni escucharlo. ¿Donde va a estar? Te dice el vecino. Donde siempre: Ahí, entre esos espinos y esas balsas. Pero no se te ocurra ni cortar una vara, que los del Seprona te enganchan.
Y, después de comer, cuando, tumbados en el corral debajo del nogal que plantamos cuando la muerte del padre y constructor de la casa, recordamos que, de niños, teníamos una barca en el río, y solíamos navegar aguas arriba hasta las cascadas de las que hablaron ya los poetas antiguos... («Del Esla, relucientes, las cascadas» como los Sosa de Vidanes). Y los jóvenes se echan a reír, y comentan entre sí: «Eso de las cascadas, ¿qué es? ¿Dónde se la cascaban?».