Vamos a olvidar los propósitos de la semana pasada, sabiendo que son hechos para no cumplirse, porque febrero decidió llevarnos la contraria. O quizá, sin pretenderlo, Santa Brígida se molestó porque, siendo su día, no entonamos el Tente Nube con repique de campanas, ni conjuramos a los renuberos, esos diablos que en la noche de Santa Brígida amasan la piedra y preparan las tormentas que destrozan las cosechas.
Sea por lo que sea y, como ya ocurrió en la pandemia, se libra una insólita batalla en la que vale el todos contra uno y huir del enemigo no es rendirse, es victoria. Es hacer caso a los expertos que recomiendan, según la ubicación, convertir el hogar en trinchera y refugio, o ir doblando y embalando la vida por si tuvieran que entregar la llave al agua, ceder su casa y batirse en retirada, como única forma de salvarse. Cómo desorienta que se inviertan los papeles y que llueva por abajo y desde dentro, consiguiendo vaciar un pueblo. Algo digno del mejor realismo mágico para ser contado, con el agua adueñándose de las casas, como ocurre en `Casa tomada´, de Cortázar, donde los hermanos que la habitan empiezan a oír ruidos extraños en los aposentos. Cuando ocurre, cierran para siempre esa puerta y no vuelven a usar esas estancias. Y reculan cada vez más, habitando cada vez menos espacio, a medida que lo desconocido avanza hasta hacerles abandonar su hogar. Solo el hecho de ser un cuento justifica la resignación de los protagonistas y con qué poco dramatismo abandonaron todo, sin investigar qué provocaba los ruidos que acabaron adueñándose de su casa.
De la misma forma, pero con el dramatismo de no ser un cuento, hemos visto la desesperación de un pueblo abandonando sus hogares porque la lluvia atacó desde dentro. Era su lecho. La tenían secuestrada y dormían y soñaban sobre ella, sin saberlo. Los vimos luchar contra lo imposible, barriendo lo que no puede barrerse, con el enemigo manando por los enchufes, desgarrando tabiques o brotando entre baldosas. Lenguas de barro abriéndose camino y deslizándose por cualquier resquicio, como un monstruo inofensivo, pero invencible. Y al día siguiente nos mostraron un pueblo fantasma. Nos dijeron que se habían ido.
Que se rindieron y entregaron la llave al agua, al oír ruidos y temblores bajo sus casas. Ya eran casas tomadas y no había pájaros por ninguna parte. Qué siniestro resulta ahora ver regueros saliendo de las viviendas que ya sabemos vacías. Los vecinos, aunque estén siendo bien atendidos, hoy son todos el mismo, igual de desahuciados, igual de ricos y pobres. Igual de desesperados. Todos bajo un techo ajeno, con un plato y una manta desconocidos. Hoy ninguno desayuna en su tazón favorito, el del borde mellado, ni se pone esa bata vieja y llena de bolas que tanto abriga. Nadie discute por el mando de la tele, ni se busca el pastillero del abuelo que siempre lleva en el mismo bolsillo, ni se baña al niño. Nadie hace esas naderías tan importantes de las que se compone la vida porque hoy sus vidas son de agua.
A vista de pájaro, mi nieve y tu lluvia nos han convertido en un país líquido. Una acuarela en la que es imposible delinear las formas, delimitar comarcas, asentar pueblos y conseguir que las carreteras y caminos permanezcan en el mismo sitio y a flote. La nieve esconde los paisajes. El agua los borra, los invade y los transforma. Los reporteros no tienen tregua y vemos panorámicas que parecen producto de la IA, con zonas en las que solo existe la quietud del blanco y otras, con la bravura del azul convertido en un mar indomable. Lluvia al encuentro de la lluvia, la secuestrada en el subsuelo y la recién llegada, formando un batallón atacando por arriba y desde abajo. Y entre ambas, parece que todo se hubiera derramado y nada tenga consistencia, tambaleándose como gelatina de barro. Sierras convertidas en acantilados y laderas en cascadas improvisadas.
Tierra desgarrándose en jirones y allá arriba, un pueblo parece colgar de un mundo imaginario. De un noticiero a otro, ya no vemos vecinos barriendo agua en el pueblo fantasma, como si todo se hubiera diluido. Las cámaras se fueron buscando la noticia en un país ya declarado líquido, con regueros perdiendo la timidez creyéndose ríos, y ríos bravucones ejerciendo de mares. Los puentes ya no tienen sentido y los campos son embalses con liebres en vez de peces. El agua necesita ayuda, se ha desorientado, perdió el control y ya no atiende a razones. Y yo sigo echando en falta a los pájaros en esta acuarela sin marco, porque todo es incontrolable, imposible de enmarcar y detener algo en alguna parte.
Pediremos disculpas a Santa Brígida para que vea que la tenemos en cuenta, que la nieve siga siendo nieve hasta que la tierra tenga un hueco para ella y la primavera se ocupe del deshielo, que necesitamos ordenar las cosas hasta que allá, al sur de la lluvia, por fin aparezca un pájaro, sobrevuele los olivares, recoja una ramita de olivo verde y la lleve hasta el arca, anunciando que el diluvio ha terminado.