En siete días tendremos paseando por la cuna de la democracia a quienes se supone que limpian, fijan y dan esplendor a la lengua que hablamos quienes habitamos esta nuestra maltrecha y vetusta piel de toro. Honrar la memoria de la reina Urraca I, pionera en eso de romper techos de cristal tras acceder al trono en el siglo XII, es el objetivo de una sesión en cuya celebración en San Marcelo tiene mucho que ver la palabra. La palabra de los académicos leoneses, que han convencido a sus colegas para que salgan de la sala oval en la que se reúnen cada semana en la villa y corte y vengan a la ciudad que dio por primera la palabra al pueblo llano en la toma de decisiones que le afectan. La palabra de la excepcional nómina de escritores que ha dado este nuestro terruño y que también ha tenido especial relevancia a la hora de atraer la celebración del plenario de la Real Academia Española.
Palabra, qué bonita palabra si no fuera por el menguante valor que tiene en nuestros días. Ocurre por ejemplo en el cada vez menos noble oficio de juntar letras, en el que cada vez es más frecuente que nuestras palabras cuenten lo que nos cuentan en lugar de lo que vemos con nuestros propios ojos. Ocurre en la vida, porque sobran dedos de una mano para contar a quienes tienen la palabra como algo sagrado que cumplir por fuerte que soplen los vientos. Y ocurre, como no podía ser de otra manera, en la cosa pública, donde la palabra que hoy es blanca como la leche mañana puede ser de color carbón y donde la palabra escrúpulos merecería sin duda una nueva acepción en el diccionario como isla griega.
Porque quienes nos representan ante quienes mandan en la villa y corte utilizan la palabra vencer para que les votemos, pero se olvidan de la palabra convencer cuando han tomado posesión de sus cómodos escaños y evitan cualquier tipo de reivindicación de todo cuanto se espera de ellos para que no tengamos que conjugar en este nuestro terruño el verbo chapar, que es una de las últimas incorporaciones a ese diccionario que limpia, fija y da esplendor.
A ellos les gusta más la tercera conjugación, la de aplaudir, asentir y mentir, porque da menos problemas que la primera, la de pelear y trabajar, y que la segunda, la de defender a quienes les pagan religiosamente el sueldo y hacer ver que llevamos ocho años en los que las palabras se las ha llevado el viento y los escritos han quedado en simple papel mojado, ocho años para encargar estudios de viabilidad mientras las máquinas avanzan a destajo en infinidad de proyectos de norte a sur y de este a este, porque al oeste ya hace mucho tiempo que lo mandaron al guano.
Ignoro, señores académicos, si existe palabra en el diccionario que describa al mismo tiempo la frustración por tanto abandono externo y la decepción por tanto conformismo y cainismo interno. Quizá haya otra más adecuada, pero ahora mismo sólo me viene a la cabeza una: rabia.