El otoño ha llegado con una convocatoria de elecciones generales que, aunque esperada desde hace tiempo, no ha dejado de causar cierta confusión. Confusión a izquierda y a derecha, todo hay que decirlo. Miedo también. Miedo a no ganar de los que creen que esta vez sí van a ganar y miedo a perder de los que no quieren creer que puedan perder. Todo parece sujeto a cierta fragilidad, a cierto temor, a cierta bruma en los ojos, por más que las encuestas digan lo que dicen, y por más que muchos den a Sánchez por amortizado, después de la dureza extraordinaria de los últimos meses.
Las vísceras de las aves, leídas por los augures y arúspices monclovitas, dijeron que había hueco para ganar las elecciones, y en habiendo hueco… Tuvo que ser así, porque Sánchez emergió del reflexivo fin de semana con la convocatoria para finales de noviembre, ese mes funerario y anodino, si no fuera por el vino y las castañas. Emergió Sánchez con los higadillos leídos, pues aseguraban los romanos y los etruscos que en ese órgano era donde mejor se percibían los humores, mayormente la bilis amarilla. Podías leer el futuro en otras vísceras (la política visceral, de hecho, se ha puesto otra vez de moda, aunque en otro sentido), pero nada como un buen hígado.
Alguien detectó la fisura, la grieta, el hueco. Y aunque se dice que Sánchez era un poco remiso a la convocatoria, deseoso con completar la tormentosa legislatura, esos arúspices o asesores, lectores del hígado y quizás del corazón, concluyeron que venga, sí, que elecciones. Y Feijóo apareció en las pantallas, y dijo ¡Por fin!, como quien no puede creer del todo que Sánchez haya dado vía libre y abierto la espita del calendario. Y Feijóo encargó una lona que empaquetaba Génova 13 como un regalo: ¡Por fin! Y así. Para a los pocos minutos advertir a los suyos que ojo, que nada estaba ganado y que Sánchez, lo dijo sin decirlo, es especialista en resurrecciones.
Lo cual que habemus elecciones otoñales, acariciando el dulce cuello de la Navidad, pues, según los conteos, el nuevo gobierno vendría a aparecer el día antes de Nochebuena, con el gordo de la lotería ya decidido, etcétera. La Navidad sería el tiempo del reacomodo visceral. Tanto para los que ganen como para los que pierdan. Se digerirá la victoria o la derrota entre mazapanes. Y se procurará que no haya indigestiones. El cava, o así, ayudará al tránsito del bolo alimenticio, o del bulo alimenticio, lo que sea. Sánchez emergió de la sesión de videncia con una fecha que, al parecer, puede darle sus posibilidades, y así debe de ser, porque en la derecha se avisó de que el personal afín, en fin, debería votar por tierra, mar y aire (lo que incluirá el voto por correo, me imagino), pues nunca se sabe, ya si tal.
Ha sido el despertar de las calles, los ríos de rabia que surcan el asfalto y las acampadas en Sol (los lunes en Sol, o sea) lo que ha animado a Sánchez a abrir al fin la mano electoral. No había buenas noticias, salvo la macroeconomía patria, que lidera Europa con holgura, y que desde luego no es moco de pavo, pero los llamados asuntos judiciales, y sobre todo el enorme vendaval de Ceuta, habían llevado a Sánchez a tentarse la ropa antes de lanzarse a las urnas, con el patio tan revuelto, y con la situación internacional dominada por el discurso trumpiano, a pesar de los desmanes, casi diarios, del afamado presidente de los USA. Si en las elecciones de medio mandato Trump muestra debilidad y falta de apoyos, como muchos pronostican, es obvio que Sánchez, quizás el político occidental más crítico con el norteamericano (ha logrado desquiciarlo de vez en cuando), encontrará otro motivo para reivindicarse de cara a los comicios del 29-N.
Pero, más allá del buen perfil de Sánchez en la prensa internacional, lo que cuenta finalmente, lo que contará en noviembre, es el paisaje doméstico. Y ha sido el estallido de la protesta sobre el estado de la vivienda, el enérgico levantarse del Sindicato de Inquilinas, el oleaje que ahora mueve Sol en la paradójica quietud de tantas inquietudes desatadas, el machadiano Sol, inmenso rompeolas, lo que ha movido al líder socialista, o lo que le ha convencido de que existe una grieta por la que penetrar en la dureza de las encuestas, una grieta para salvar lo que a estas alturas parece insalvable. La rabia en la calle (el estallido por la imposibilidad de acceder a una vivienda y por el precio de los alquileres, el drama, en fin, del desahucio) corre caudalosa, se multiplica en plazas de todo el estado, pero apela a izquierda y derecha, es un río transversal que clama por la dignidad de las personas.
El problema de la vivienda, que es en realidad un problema global, desde luego europeo, es ahora el centro de las preocupaciones de los españoles, por encima de cualquier otro. El despertar de esta conciencia, azuzada por los problemas económicos, el precio imparable de los alimentos, la tiranía feroz de los combustibles, que complican la vida de la gente por culpa de las guerras que otros acometen, jugando en el tablero mundial, se ha larvado largamente, esperando también una reacción más contundente de la izquierda. El drama de Maricarmen, y la falta de empatía con su caso por parte de algunos, ha agudizado la importancia del momento. Y lo ha dramatizado. Lo ha colocado en las pantallas, desde luego, pero ha levantado también una ola de solidaridad con los vulnerables, una ola que puede percibirse con claridad, ante la gran zanja de la desigualdad que divide a los ricos, cada vez más ricos, y a los pobres, cada vez más pobres.
En un escenario de política polarizada y extremada, donde el autoritarismo y la total ausencia de compasión parece guiar a algunos gobernantes globales con mucho poder, de pronto la gente regresa humildemente a la calle, ignora las batallas tácticas de la geopolítica, se centra en la esencia de la vida y en la necesidad de que sus representantes les aporten dignidad y felicidad, pues para nada sirve la política si no es para hacer mejor la vida de la gente. Que Maricarmen haya muerto, durante este proceso de trauma, de regreso a lo básico, por encima de los abigarrado de los discursos, la propaganda, o el empecinamiento en cosas que no son las esenciales para la gente, que haya muerto la anciana desahuciada después de haber invitado a la lucha para defender la vida, ha creado un escenario de conmoción final. La orfandad del símbolo mueve ahora el río de las calles. Y las calles son la gente, por encima de sus representantes, por encima de todos los relatos.
La campaña electoral se agita ya, incluso ante de comenzar, empujada por este oleaje. Nadie sabe cuánto hay de contrarrevolución frente a lo autoritario que crece, ni si existe una herencia del 15-M, que movió durante un tiempo el tablero político. Hoy, la izquierda de la izquierda, fragmentada, sigue sin encontrar un discurso común. Como en Francia, que le preguntan a Cohn-Bendit si hay algo en todo esto del mayo del 68. (Justo cuando acaba de morir en Galicia el líder nacionalista Xosé Manuel Beiras, que tanto bebió de la intelectualidad francesa y del propio espíritu del 68). ¿Hay una agitación potente que protesta contra los síntomas del futuro que viene, por encima incluso de las ideologías? Lo cierto es que la rabia crece en las calles, y el miedo habita las casas en las que muchos no podrán vivir.
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