Félix Cuéllar

A quienes nunca salen en la foto

02/10/2026
 Actualizado a 02/10/2026
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Cuando estos días salgamos por las calles de León para disfrutar de San Froilán veremos pendones, carros engalanados, trajes, música y tradiciones que forman parte de nuestra historia. Pero detrás de todo lo que veremos hay algo que normalmente no veremos.  

Horas de preparación. Personas organizando, cosiendo, ensayando, transportando, limpiando, colocando y resolviendo problemas para que, cuando llegue el momento, todo parezca sencillo.

Y eso me hace pensar en todas esas personas que también sostienen nuestra vida sin que casi nunca aparezcan en la fotografía. Vivimos en una sociedad que presta mucha atención a quien destaca. Al que sube a un escenario, dirige una empresa, gana un premio o alcanza algo extraordinario. Pero gran parte de lo que verdaderamente hace funcionar el mundo sucede cuando nadie está mirando. Está la madre o el padre que cada día organiza una familia sin que nadie lleve la cuenta. Está quien cuida de unos padres mayores y reorganiza silenciosamente su vida alrededor de ellos.  Está ese compañero de trabajo al que todos recurren cuando existe un problema.  Está quien consigue que un grupo de amigos siga reuniéndose porque siempre es el primero en llamar. Está el profesor que dedica más tiempo a un alumno porque ha visto algo en él que quizá nadie más ha visto.  Personas que no necesitan protagonismo, pero cuya ausencia notaríamos inmediatamente.

Tal vez ahí exista una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: admiramos mucho lo que brilla y prestamos poca atención a aquello que sostiene. Y, sin embargo, cuando algo importante se rompe, echamos de menos precisamente eso que antes dábamos por hecho. Quizá deberíamos preguntarnos alguna vez quiénes son esas personas en nuestra propia vida.

Alguien que nos llama cuando sabe que no estamos bien. Alguien que siempre está disponible. Alguien que hace pequeñas cosas por nosotros a las que, con el paso del tiempo, hemos dejado de dar importancia. Nos acostumbramos demasiado rápido a lo bueno.

Y uno de los grandes peligros de acostumbrarnos a alguien es terminar creyendo que aquello que hace por nosotros ocurre por sí solo.  No ocurre. Detrás de muchas de las cosas buenas que tenemos hay personas sosteniéndolas. Por eso quizá San Froilán pueda servirnos este año también para mirar un poco más allá de lo que vemos. 

Cuando contemplemos un pendón levantado, un carro engalanado o cualquier tradición que haya llegado hasta nuestros días, pensemos en todas las manos anónimas que durante generaciones hicieron posible que siguiera existiendo. Y después hagamos el mismo ejercicio con nuestra propia vida. Pensemos en quién está sosteniendo alguna parte de ella sin pedir reconocimiento. Y, si encontramos a alguien, no esperemos a que falte para darnos cuenta de lo importante que era.

Porque muchas veces descubrimos el verdadero valor de una persona justo cuando deja de hacer aquello a lo que nos habíamos acostumbrado. Tal vez una de las formas más sencillas de ser más felices sea aprender a agradecer antes de echar de menos.
 

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