Quien rompe...

04/08/2026
 Actualizado a 04/08/2026
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Aquí estaba el ascensor que nos bajaba a la oscuridad cada amanecer. El sol y nosotros nos dábamos la espalda cada día…o era cada noche. Las pupilas mineras eran negras. Siempre noche.

Con la nostalgia de quien ha visto demasiadas veces a la muerte esperando al final de una galería, el abuelo cuenta al nieto que el Pozo Julia no era un museo. Era una forma de vivir. El carbón no era luto, era pan. Ser minero era un apellido con linaje, una herencia de manos rotas y espalda vencida que se llevaba con orgullo. La mina y El Bierzo compartieron una amistad tan profunda que la comarca le prestó sus entrañas para alimentar el progreso de un país entero.

Hoy quedan los castilletes. Estatuas de hierro con nombre de mujer que vigilan el vacío de unas bocaminas donde ya solo entra el silencio. Las prejubilaciones fueron apagando los relevos hasta dejar la oscuridad sin voces y convertir la identidad minera en una postal para turistas que todavía rezuma memoria.

Pero hubo otra historia. La de quienes hicieron negocio con aquellas montañas. Empresarios que explotaron un recurso que no era suyo y que, además, recibieron ayudas públicas para hacerlo. Cuando el carbón dejó de ser rentable, bajaron la trapa. Se marcharon dejando detrás galerías inundadas, escombreras abiertas, laderas heridas, arroyos alterados y un paisaje que empezó a deteriorarse al mismo ritmo que se apagaban las lámparas de los cascos.

Ahora es la administración la que vuelve a poner el dinero. Millones de euros para restaurar montes, sellar bocaminas, reforestar cortas y reparar cicatrices que nunca debieron quedar abiertas. Lo llamamos «restauración ambiental» o «pagar dos veces por lo mismo: por explotar y por recuperar». Porque resulta llamativo que quienes recibieron subvenciones para abrir explotaciones no tengan después la obligación efectiva de devolver el territorio al estado en que lo encontraron. Las ganancias fueron privadas. La factura de la reparación vuelve a ser colectiva. Otra vez. Es una vieja costumbre: privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Arriesgar con sociedades limitadas mientras la responsabilidad parece ilimitadamente ajena.

Todo se justificó en nombre del empleo y de la energía de un país. Y era cierto. La minería sostuvo miles de familias y levantó esta comarca. Pero precisamente por eso resulta aún más injusto que quienes más beneficio obtuvieron de ella apenas aparezcan cuando llega la hora de reparar el daño.

Los verdaderos salvapatrias casi nunca pisan el barro. Utilizan la pólvora de otros y dejan que sean otros quienes apaguen el incendio. Nosotros seguimos pagando la vuelta de aquello que un día nos arrancaron. Seguimos descendiendo cada mañana a esa oscuridad minera que ya no está bajo tierra, sino en la memoria de una comarca que todavía espera que alguien responda por las cicatrices que dejó abiertas.

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