Dejémonos de recordar con alabanza lo vivido y usemos nuestra presente vista en mirar todos esas pequeñas grandes bellezas en las que, bien acostumbrados a su presencia, bien ciegos voluntarios para con ellas, no reparamos. Hablo de un gorrión, de una fachada. Expulsemos el ruido de nuestros oídos y escuchemos con atención los sonidos de la vida que nos rodea. Hablo del niño que balbucea sus primeras palabras o sus miedos a los primeros días de escuela, del que repite maravillado lo aprendido; hablo de la música, de una buena conversación. Y qué decir del olfato, ¿se nos presenta tan sólo ante la contaminación, la suciedad y la insalubridad o nos convertimos en cazadores de aromas urbanos o campestres? ¿Nunca ha jugado a suponer el aroma que le dejará la siguiente persona con la que se cruce por la calle? Se lo recomiendo, pero no me haga responsable de algunas cuya fragancia apetece seguir. ¿Y el gusto?, ¿lo ejercita y aprecia tanto con el café y pincho, el vino y tapa cotidiano como con lo deglutido en la última clavada que le metieron por una supuesta delicatessen? ¿Y del tacto? ¡Ah, el tacto! ¿Es usted de los que coge o de los que ase; de los que toca o de los que acaricia? Diga conmigo: piel. A que ya es otra cosa.
Sienta, sintamos lo sentido por los sentidos. Los días son y nos serán mejores, más sensuales, más voluptuosos, más vívidos, más vividos.
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