Mientras escribo estas líneas pienso en lo espeluznantemente rápido que pasan los días y la vida con ellos. Después de asistir, cada año con más antelación, al inicio de la campaña navideña, de dedicar tiempo a preparar las comidas, cenas, planes familiares o con amigos, regalos y todo aquello que hace especiales estas fechas, sin apenas darnos cuenta, estamos ya a punto de despedirlas.
Con tristeza para algunos y alivio para otros, el paréntesis se cierra para devolvernos a la realidad de la inestabilidad internacional, vivimos con incertidumbre el desarrollo de los acontecimientos tras el ataque de EE UU a Venezuela del pasado sábado.
También siguen ahí la corrupción política, el mal funcionamiento de los servicios públicos por falta de personal o de financiación, los precios inasumibles a la hora de satisfacer necesidades básicas como la vivienda o la alimentación…
Sí, ya sé que suena a repetitivo, pero no por ello dejan de ser problemas que nos afectan a todos. O a una inmensa mayoría de los ciudadanos. Por tanto, son dignos de mención.
Ojalá en este año que acabamos de estrenar podamos dejar de hablar de, al menos, uno de ellos. No vamos a pedir demasiado. Esa sería la mejor señal de que de alguna manera se ha logrado resolver.
Ya que hablamos de pedir, queridos lectores.
¿Qué habrán pedido en su carta a los Reyes Magos los vecinos de Villamanin después de todo el lío formado con el gordo de la lotería de Navidad?
¿El presente para Javi y Pepa, el vecino de la Vecilla y la cierva que de forma libre y voluntaria no se separa de él, llegará en forma de una solución aceptable a su situación?
Para zanjar conflictos, a nivel familiar, local, nacional o internacional, en muchos casos bastaría con un cargamento de buena voluntad y de sentido común, del que se dice que es el menos común de los sentidos.
Creo que, a riesgo de parecer un tópico y quizás un tanto cursi, después de todo es cierto que los mejores regalos son aquellos que no se pueden envolver.