Que la vida es puñeteramente efímera es algo que en mi casa se confirmaba siempre con el ejemplo de Germán, secretario de ayuntamiento de otro tiempo, cuyo tema de conversación preferido era la tan deseada jubilación. Rara vez soltaba el asunto, ideando aquel retiro por encima de lo que permiten los sueños.
Pero la vida vino con lo de la lechera y el cántaro. El pobre Germán llegó a jubilarse, pero dejó este mundo muy poco tiempo después de despedirse de la oficina, habiendo vivido de una ilusión que la puñetera anteriormente mencionada se encargó de chafar sin demorarse demasiado.
Germán era sinónimo claro de que esto va rápido. Así lo veían mis padres, secretarios de ayuntamiento como él, que se quedaron por el camino antes incluso de disfrutar de un descanso que tenían más que merecido y cotizado. Porque la vida te la ve y te la dobla. Siempre.
Supongo que por eso llevo unos cuantos años ya mirando el calendario de otra manera. Noelia me lo respeta, pero evoca a aquella hormiga que acumulaba grano ante el próximo invierno mientras yo soy del ‘team cigarra’ contra todo y contra todos.
No me bajo de este carro. Que la vida son cuatro días y ya llevamos dos y medio no es una novedad, pero deja de ser una frase para una taza cuando descubres que nadie tiene garantizado llegar al cuarto.
Enredados en lo cotidiano, vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Discutimos, nos enfadamos, alimentamos intrigas palaciegas y nos empeñamos en tener razón, aunque el precio sea perder la tranquilidad y alguna amistad. Yo también he participado en ese juego, no crean. Pero cada vez me cuesta más encontrarle sentido. Hay discusiones que uno gana y de las que, sin embargo, sale perdiendo. Ahora, siempre que puedo, elijo paz. Aunque cueste.
Y es que la vida tiene la dichosa costumbre de recordarnos su fragilidad sin previo aviso. Y no, tampoco creo en el karma ni en esa justicia divina que supuestamente termina poniendo a cada uno en su sitio. He visto demasiadas veces marcharse a quien merecía quedarse y quedarse tan tranquilo a quien tenía unas cuantas cuentas pendientes. Esto tiene bastante menos de equilibrio del que nos gustaría.
Como les dejaba caer, en casa debatimos con frecuencia sobre qué hacer con los cuatro duros que conseguimos juntar. No soy partidario de pulirme la nómina en un Viva la Pepa permanente, que bastante cuesta ganarla, pero tampoco de convertir el ahorro en una competición por ver quién llega al cementerio con la cuenta más abultada.
Invertir en felicidad, que dice mi amigo Manu. En una escapada, en una cena, en compartir algo que dentro de veinte años todavía podamos recordar con una sonrisa. Esos son los recuerdos que nos quedaron a mi padre y a mí en los días de su último octubre. Son los momentos que refrescamos mirando los álbumes de fotos, lo que quedó de toda una vida que, una vez más, dobló y volvió a ganar.
Porque aquí se quedará el peluco, el coche pagado a plazos y hasta el último euro de la cuenta. También los disgustos que nos impidieron disfrutar de tantas cosas. Lo único que no podremos recuperar será el tiempo que dedicamos a preocuparnos por asuntos que, vistos con cierta perspectiva, no merecían ni cinco minutos.
Esto son cuatro días y ya llevamos dos y medio. No sé si llegaremos al cuarto. Pero, por si acaso, prefiero no dejar para entonces todo lo bueno que todavía podemos vivir en el tercero.
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