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Que me busquen en Babia

20/02/2021
 Actualizado a 20/02/2021
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He barajado algunos temas sobre los que escribir esta semana. Gracias a varios interfectos para los que darse a conocer significa insultar o violentar en nombre de la libertad de expresión, en España hay montado un lamentable teatrillo que podría ser asunto a tocar, pero estando en plena pandemia y hasta los palos del sombrajo de conductas incívicas, he decidido no dedicarles ni un párrafo más.

Por el contrario, me ha parecido buena cosa traer a colación noticias que además de venir de mi tierra, tienen interés y una indudable belleza, algo que hace falta en estos momentos.

Charlando con Jesús Merino, alcalde pedáneo de Rabanal de Luna, me contaba que en la Casa Concejo del pueblo acaban de abrir una biblioteca. Allí reúnen ya más de mil quinientos ejemplares y aceptan donaciones para ampliar su refugio cultural.

Me parece alentadora esta noticia ya que Luna, Babia y Laciana son comarcas de una belleza fulminante, tierras duras y ganaderas, de tradición pastoril y trashumante, que siempre han amado las historias. Existe allí, desde tiempos inmemoriales la tradición del calecho y los filandones, reuniones en las que al calor de la lumbre se repasan los acontecimientos, romances y anécdotas cotidianas de las gentes de la zona que, además, mantienen vivas dichas prácticas.

Es Rabanal un pueblo fronterizo con Babia, un reducto de paz junto al río Luna, truchero y custodio de innumerables recuerdos de mi infancia. Caminando desde Rabanal se puede llegar a la ermita de Pruneda, que se alza sobre un montículo como un espejismo, anacrónica y silenciosa. La procesión de Nuestra Señora es uno de los momentos más pintorescos de cada verano. La estampa de los fieles cargando con la imagen al son de rezos y canciones evoca aquel Palermo de ‘El padrino’. Junto al Luna, el horizonte se ve recortado por las estribaciones de la Cordillera Cantábrica, que parece advertirnos de la llegada de ‘las tierras altas’.

Castros y brañas salpican la zona de historia viva, abriendo puertas a un mundo aparte para quien se atreva a sumergirse en él. Ya en Torrebarrio, a la sombra de Peña Ubiña, se puede contemplar a los caballos hispano-bretones galopando en libertad. Un espectáculo tan inolvidable como las noches claras incendiadas de estrellas en las que nos tumbábamos cara al cielo, a beber orujo y a escuchar el silencio.

Pero la riqueza paisajística y geológica de esta zona, va de la mano del olvido. En Rabanal de Luna hay un bar donde refugiarse en las tardes invernales. No hay tiendas ni supermercados, y el centro de salud más cercano está en San Emiliano, un pueblo vecino. Hasta hace poco, tampoco llegaba la señal de telefonía móvil. Sin embargo, al pasar el puente de Fernández Casado, se respira una libertad lejana al cautiverio de la ciudad. Algo que se ha hecho aún más patente durante la pandemia.

Por eso me alegro de que a día de hoy haya una biblioteca. Y de que se esté tratando de recuperar la vaca mantequera leonesa, una raza que produce leche y mantequilla de una calidad excepcional, algo que acredito, ya que las tostadas de nata con azúcar de mi infancia babiana no han sido igualadas por otro manjar.

Podría escribir innumerables páginas sobre la vida en Luna y en Babia, pero el espacio es limitado y se impone pues, una última reflexión. ¿Seguiremos hacinándonos en ciudades superpobladas? ¿Continuaremos invirtiendo generaciones en poner en valor lo que nos es ajeno, o miraremos hacia nuestra España olvidada para nutrirla como ella hace con nosotros?
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