Hay una tradición familiar que jamás falla. No es el café después del postre ni la tan prescindible discusión sobre política. Es ese familiar que vive en una gran ciudad y que, entre un bocado de cordero y otro, decide interesarse por mi futuro. «¿Pero tú qué haces aquí?». «Con lo listo que eres». «En Ponferrada no hay nada». «Tienes que irte para progresar». Todo ello pronunciado con esa mezcla de compasión y superioridad moral que solo da pagar un alquiler de 1.400 euros por un piso de cuarenta metros cuadrados. Y a mí me enerva. Porque la conversación siempre parte de la misma premisa: quedarse es conformarse. Como si hacer las maletas fuese un ascenso automático en la escala del éxito. Como si el código postal determinase el talento de una persona.
No seré yo quien critique a quien decide marcharse. Faltaría más. Quizá un día sea yo. Cada uno busca su camino donde cree que puede encontrarlo. Hay quien encuentra oportunidades en Madrid, en Barcelona o en el extranjero. Ojalá les vaya de maravilla. Lo que me chirría es la insistencia en convencer al resto de que hacer lo mismo es la única opción inteligente.
El Bierzo tiene problemas. Y muchos. Basta con darse un paseo para comprobar que cada vez hay menos persianas levantadas y más canas que mochilas. La despoblación no es un eslogan, es una realidad que se nota en las calles. Precisamente por eso me cuesta entender ese discurso derrotista que parece haberse instalado entre nosotros. Porque, si todos los jóvenes llegamos a la conclusión de que aquí no merece la pena intentarlo, alguien debería explicar quién piensa sostener las ciudades medianas dentro de veinte años. ¿Los mismos que llevan décadas diciéndonos que nos vayamos? Resulta curioso lamentar la despoblación por la mañana y recomendar a los jóvenes que hagan la maleta por la tarde.
Yo estoy a gusto aquí. Me gusta cruzarme con gente conocida. Me gusta tardar diez minutos en llegar a cualquier sitio. Me gusta vivir cerca de mi familia y de mis amigos. Me gusta sentir que lo que hago, por pequeño que sea, repercute en el lugar donde he crecido. Me gusta pensar que aún es posible desarrollar un proyecto de vida sin renunciar al lugar al que uno siente que pertenece. Llámenme raro. No creo que apostar por tu tierra sea falta de ambición. Al contrario. Quizá sea una de las formas más difíciles de ejercerla. Porque construir donde otros solo ven ruinas siempre exige más esfuerzo que llegar cuando el edificio ya está levantado.
Así que, en la próxima comida familiar, cuando vuelva a escuchar aquello de «¿qué haces todavía aquí», seguramente sonreiré. Y responderé lo mismo de siempre: intentar que, dentro de unos años, alguien más pueda seguir haciéndola su casa.
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