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Pureza de sangre

03/05/2026
 Actualizado a 03/05/2026
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Resulta muy provechoso contar con personas de segunda clase. En la antigua Roma (esclavos), en la Edad Media (siervos) o en el antiguo régimen (vasallos), este grupo soportaba los privilegios ajenos y se ocupaba de las tareas más desagradables y duras. Un chollo. Se les robaban muchas cosas, sobre todo la posibilidad de ser personas como los demás y, en términos económicos, eran despojados del rendimiento de su trabajo y de sus posesiones. En época moderna se ha reverdecido esa segregación con distintas fórmulas que señalaban a determinados grupos definidos por su etnia o procedencia y aunque el concepto no fuera nuevo, adquiría nuevas galas verbales: pureza de sangre, pureza racial (leyes de Núremberg, apartheid)… Una larga lista de atrocidades se ha amparado en este tipo de discriminaciones por razón de procedencia, sexo, etnia o religión. 

A menudo, también, esa idea ha estado detrás del colapso -social, cultural, económico…- de distintas sociedades, una de ellas, precisamente, la que tanto orgullo vano y tontorrón provoca en los promotores de la nueva versión: la «España imperial» fracasó cuando se empeñó en expulsar a españoles de otra fe o persiguió a los que prefirieron quedarse para apropiarse de lo suyo. Como el holocausto judío fue asimismo un inmenso robo o el genocidio palestino lo es, pureza de sangre o prioridades sociales son, en fondo y forma, un atraco a mano armada.

Estos vergonzosos principios racistas que ahora llaman «prioridad nacional»  han sido firmados y asumidos también por un partido supuestamente democrático y de Estado, pero no son legales: en Europa rige la igualdad de trato entre ciudadanos de la Unión y nuestra Constitución impide esta ignominia en buena parte de su articulado. Ambos firmantes lo saben, pero uno medra en esa confusión y el otro toma el poder a costa de lo que sea.

No es de extrañar que cunda ese mensaje. Los torpes tejemanejes de identidades y distinciones entre vecinos han acabado por derivar, en cauce natural, a desigualdades artificiales y, por extensión lógica, la atribución a lo propio de bondades y virtudes que se niegan a otros. 

El salto cualitativo lo promueven ahora los partidos de ultraderecha cuya sublimación del nacionalismo, siempre de derechas en su versión químicamente pura, produce uno de sus frutos más acreditados del fascismo: la xenofobia. Que es aporofobia en realidad, pues nada se dice contra quienes tienen posibles, léase posibilidades de comprarse la nacionalidad que deseen o buena casa en ella. Poco importan las dificultades de definición del eufemismo «prioridad nacional», cuya indicación de «padres españoles» cabria remontar al paleolítico o dejaría fuera al rey, a algunos de los inefables dirigentes ultras y a todos nosotros, en resumen. No están aquí para definir o precisar, eso es cosa de filósofos zurdos, aquí se viene a perseguir. Y se empieza por los que no pueden defenderse.

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