Hace unos días, cuando me disponía a subir a un autobús urbano, sucedió que una mujer joven marroquí que estaba delante de mí se dio cuenta, ya dentro del colectivo, de que no le quedaban viajes en su tarjeta de transporte y tampoco llevaba efectivo. La respuesta de quienes allí estábamos fue unánime, casi nos peleamos los españoles de alrededor por pagar su trayecto, tuvimos que convencerla de que no bajase.
Les cuento esto como una de tantas anécdotas que podrían narrase para evidenciar que los españoles no somos racistas. Y entre nosotros, los ceutíes aún menos, porque los «caballas», están acostumbrados a convivir con otras culturas en mayor medida que los habitantes de la península por obvias razones.
Esto no significa, sin embargo, que no se sientan molestos cuando ven su ciudad ocupada por miles de personas llegadas de África que han tomado sus playas, sus plazas y sus parques. Y después de un mes, muchos siguen ahí y lo único que ha dicho esta semana el Gobierno es que tendrán que acostumbrarse a esta situación.
¿Cómo? Pues sí, el presidente ha declarado que los ceutíes deberían ir asimilando su nueva «normalidad», ahora en vez de vendernos progreso nos preparan para asumir como natural algo que no lo es.
No podemos pedirles eso. Y no es racismo, es justicia y sentido común. Quienes entren de forma irregular y no estén huyendo de una guerra o persecución deben ser devueltos a su país de origen.
Esto es lo normal, lo que haría cualquier país. Y si el 30 de julio llegaron 80.000 y pasado mañana vuelven a entrar otros tantos gritando: «¡Viva Sánchez!» ¿Qué pasaría entonces? ¿También tenemos que asumirlo como algo natural?
Si este Gobierno no actúa con contundencia ante esta invasión que ellos llaman crisis migratoria, Ceuta será su final o el de todo el país que, por cierto, está, con todos sus poderes y ciudadanos enfrentados, a punto de estallar.
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