Ahora que Óscar Puente ha dimitido como ministro de Transportes, conviene reconocerle una virtud que no siempre abunda en la cosa pública, la sinceridad. Al menos en lo referido a León, donde nadie podrá decir que nos haya engañado. Nos contó a las claras lo que pensaba hacer por este nuestro terruño. O quizá habría que decir más bien lo que no pensaba hacer, pero lo cierto es que cumplió su palabra casi al milímetro. Hablaba claro, quizá demasiado, al menos para quienes aún tenemos la ingenua esperanza de pensar que un ministro debe resolver los problemas de los ciudadanos, aunque hayan cometido la imprudencia de vivir en León y no en Valladolid.
Nos explicó que no pensaba ejecutar el tramo central de la autovía entre ambas capitales y también dejó claro que la integración de Feve era «disparatada». Para la Ruta de la Plata y el lazo del Manzanal, estudios, ese maravilloso invento administrativo que permite anunciar que se está haciendo algo pese a que se sigue sin hacer prácticamente nada. Y Torneros solo será una realidad si se acredita que existe demanda empresarial mientras aguas abajo las máquinas trabajan en proyectos similares. Pero tampoco en esto nos engañó Puente. «¡Ninguna!», llegó a decirme tajante por teléfono cuando me atreví a plantearle que algo de razón tendríamos los leoneses al quejarnos tanto de su gestión.
En todo caso, sería injusto cargar sobre el ya exministro todas las frustraciones de una provincia acostumbrada a que las grandes promesas acaben en pequeños desengaños. Que tomen nota los que puedan venir en el futuro, esos que ahora tanto exigen y prometen, porque Puente se va y León sigue esperando.
Por eso, lo admirable era la extraordinaria capacidad de sus monaguillos leoneses para vender un ‘no’ como un ‘sí’. Bastaba con que el ministro les recibiera en un noble salón para que comenzara el ritual. Gorra de plato bien colocada, saludo reglamentario, sonrisa para la foto y nueva demostración de disciplina. Después llegaba lo difícil, volver a León y convencernos de que no habíamos entendido nada. Si Puente renegaba, ellos vendían un compromiso. Si anunciaba un estudio, enarbolaban una inversión histórica.
Ahora, tras dimitir en medio de una crisis ferroviaria con demasiadas víctimas y preguntas sin respuesta, oímos a esos correveidiles hablar de dignidad, valentía y lealtad, justo lo que les ha faltado para defender a quienes les votan de quienes les humillan.
Óscar Puente se marcha, a José Luis Ábalos le hicieron marcharse, pero sus defensores siguen. Quizá sea ese el gran problema de este nuestro terruño, donde los ministros cambian, las promesas envejecen y las infraestructuras siguen esperando. Al menos Puente tuvo la deferencia de decirnos la verdad, porque sus lacayos –cada vez me cuesta más considerarles nuestros paisanos– intentaron que ni siquiera nos diésemos cuenta de lo que estaba ocurriendo. Por eso, ahora que el ministro posa la cartera, ellos –y los que puedan venir– deberían quitarse la gorra de plato para que dejemos de ir Puente a Puente y evitemos que nos siga llevando la corriente.
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