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De psicópatas y ruiseñores

07/03/2026
 Actualizado a 07/03/2026
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«Si hay un rasgo que defina al psicópata es el de la empatía cero». Se lo escuché a Gabriel Ledo, responsable de la Unidad Terapéutica y Educativa del Centro Penitenciario de Villabona, en Asturias, en una entrevista que le hacen en el canal de Youtube, el Yonki, creado por Oihan Iturbide, biólogo clínico y editor y exadicto activista que indaga en el intrincado laberinto de la mente humana para comprender el desolador mundo de las adicciones. Gabriel aclara que el DSM, manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, no la define como psicopatía, sino como trastorno antisocial. 

Asimismo Gabriel explica, parafraseando al psicólogo británico experto en autismo Simón Barón Cohen, que el psicópata, a diferencia del autista, es incapaz de sentir empatía emocional. Lo nombra en una expresión conmovedora: «Es incapaz de resonar emocionalmente con el otro».

Y al hilo de esta anécdota, y por extraño capricho de conexiones neuronales, me resuena en una canción de La Oreja de Van Gogh sobre un astronauta solitario a bordo de una nave a la deriva. Canta Leyre: «Melancólica visión». El tripulante es consciente de su inminente muerte y de estar recibiendo «una lección de perspectiva». Rompe, entonces a llorar, quitándose la bandera de su traje espacial, para confesar: «Yo soy de la humanidad». Conciencia de sentirse parte de un todo y de eliminar las barreras, ya sean territoriales, ideológicas o culturales. Cercanía con el otro. La chispa de la humanidad compartida que facilita la conexión.

En un momento de la entrevista, Oihan le sondea a Gabriel sobre la conducta de cierto político de intensidad manifiesta. «¿Crees que tiene rasgos psicopáticos?». Pensaba que quizás esa falta de empatía de los regidores políticos estribe en su aislamiento de la gente para la que trabajan. Ese permanecer indemnes en sus búnkeres de poder rodeados de aduladores sin el contacto con las gentes sencillas que viven su cotidianeidad con la ligereza o dureza que le salga al encuentro. 

La constatación de la vulnerabilidad propia , la inminente presencia del final, ese adiós, que es lo único seguro, que decía el poeta Salinas, y la constante fragilidad doliente del otro, si somos capaces de aquietar el ojo ante su presencia, suele humanizar a quien lo percibe, más allá de los rasgos psicopáticos que todos poseemos y que nos impelen a regodearnos en nuestro ego adicto a nosotros mismos. 

Recientemente hablaba con un jurista que también trabaja en el ámbito penitenciario y aunque afirmaba que la ley le obliga a ser imparcial, no puede evitar, en ocasiones, pensar que el interno que tiene en frente «podría ser su hijo».

Hay otro abogado célebre, Atticus Finch, en la novela de la escritora Harper Lee ‘Matar a un ruiseñor’, que aconsejaba a su hija Scout «meterse en su piel y caminar con ella» para poder a entender a los otros. Pero para entender hay que atender…

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