Perder una final por el ascenso duele; dos seguidas, te hunden; y encadenar tres fases fallidas condena a vivir en un bucle que desgasta a un club acostumbrado a triunfar en estas cotas como la Ponferradina. En Vigo, ante el Celta Fortuna, se volvió a cerrar la puerta de la Segunda División, esa frontera que separa la supervivencia de la asfixia continua. Esta nueva herida tiene una ironía cruel. El equipo de Mehdi Nafti había resucitado cuando nadie lo esperaba, del descenso a la esperanza, de la urgencia a la fe. Fue el mejor de la segunda vuelta y llegó a la final con aura de cumplir su destino. Por eso duele más: porque llevó a creer en una temporada en la que los rezos apuntaban simplemente a no morir. Porque se rozó. Porque, otra vez, la orilla quedó a un paso mínimo. Pero siempre termina saliendo el sol. Y esta vez, al menos, el mazazo no está provocando bandazos igual de dañinos en los siguientes pasos por dar. Observar cordura tras despertar de la pesadilla actúa como medicina para volver a confiar en que, quizá, el destino no siempre sea tan cruel y esta ciudad pueda volver a saborear las mieles del fútbol profesional.
Desde tiempos de... ¿Jon Pérez Bolo? en la Deportiva ha faltado paciencia, ha faltado templanza, ha faltado confianza... ha faltado proyecto. Reiniciar cada doce meses (o incluso cada menos) un equipo desde una nueva elección de entrenador supone un empezar de cero que añade dificultad a un engranaje todavía por engrasarse. Las últimas dos paupérrimas primeras vueltas de los blanquiazules lo evidencian. Y en esta ocasión, todo parecía abocado al mismo desenlace, pero la vida a veces guarda sorpresas.
Poco consuelo hay después de perder una final, pero conocer que la Ponferradina apunta a mantener a Nafti como entrenador y un núcleo duro de la plantilla contribuye a paliar el dolor. Ya no solo por seguir insistiendo en lo que a todas luces ha sido un trabajo bien hecho, sino por el mensaje que enviaría que el técnico decida volver a apostar por la Deportiva: que se va a construir un proyecto competitivo. Y es ahí donde se mide de verdad la ambición de un club: en lo que hace después de caer. Porque quedarse a las puertas puede ser una condena o el impulso definitivo. La Ponferradina tiene ahora la oportunidad de elegir. De no dejar que el golpe se diluya en otro verano de dudas, sino de convertirlo en un punto de partida. La ciudad ya ha demostrado que empuja, que cree y que responde cuando el equipo acompaña. Solo falta que esa energía tenga continuidad en el césped. Que no sea un destello, sino una línea recta. Y también que ese salto pendiente no sea solo deportivo, sino estructural, porque ahí es donde se empieza a ganar el futuro del club. Que el próximo intento no sea otro episodio más, sino el final, por fin, de esta historia repetida.