06/01/2016
 Actualizado a 07/09/2019
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Con los años uno va aprendiendo la conveniencia de, ni en año nuevo, cargarse de propósitos; buenos, obviamente. Allá cada uno con su conciencia y con los actos de maldad –que existe, no todo mal proviene de la demencia– que quiera ejecutar. Uno ya sabe bastante que gran parte de propósitos acaban en chascos –frustración es palabra que aprendí tardío y suena grave– con lo de íntimo malestar que llegan a suponer. De ahí que ya uno se temple más cada año en tal tradición y venga, sabedor, a ajustarse la cosa intencional a llegar al lecho nocturno con consciente limpia conciencia y a abandonar madrugador el catre para saludar a la noche, a la aurora, al amanecer o a la luz plena –cada estación, en sus días, nos regala una luz– y a, agradeciendo a la vida la levantada, con plena conciencia del cotidiano milagro –«suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa» que define el mataburros– que es existir y poder enfrentar una nueva jornada, sin duda, como cualquier vereda, poblada de flores, helechos y ortigas, placeres, sinsabores, dudas, certezas, penas y alegrías, con criterios para un buen obrar. Aunque, quizás, sólo esté, también con los años, parafraseando a aquel hombre, todo un hombre, del que, contra todo pronóstico y tradición, heredé la ternura, cuando me decía: propósitos (ideas me decía él) pocos, pero claros.

Mas, no se interprete lo anterior como una especie de privada bondadosa intención aislada del común devenir, de lo que rededor acontece. Quia. Aun cuando no reniegue de los años acumulados, tengo muy presente, en mi cotidiana existencia, la frase de mi admirado André Gide: «cuando deje de indignarme, habrá comenzado mi vejez». Nunca serán los años, por más que sean, causa o razón poncio-pilática para el desentendimiento de lo que a los otros acontece. El ser persona social por naturaleza, para mí, no es cuestión de apandillar, tertuliar o frecuentar eventos sociales del vario motivo; es sentirse corresponsable del bien estar de los otros. Ser humano en nada se parece a la imitación de las posturas adoptadas por ese trío símico que ni ve, ni oye, ni habla. Es más, tales actitudes con respecto a lo que a los que con nosotros conforman la cacareada sociedad, patria, ciudadanía, humanidad –déle cada cual su ámbito– me parecen personalmente deleznables por infrahumanas, por indignas de quien se diga o pretenda humano.

¿Complicarnos la vida con grandes propósitos? Mejor facilitárnosla con pequeñas cotidianas acciones. A todos ¡Salud, versos y párrafos!

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