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A propósito de radiadores, contadores y repartidores

22/03/2024
 Actualizado a 22/03/2024
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Hace  mas o menos doce años que el gobierno europeo puso en marcha la directiva sobre ahorro energético ( 2012). Fue una declaración de intenciones que se tenía que desarrollar con decretos específicos por países, atendiendo a las especiales circunstancias de cada uno, porque, evidentemente el norte de Finlandia nada tiene que ver con el sur de España (siendo ese sur las Islas Canarias).

El documento era bastante complejo, ya que abarcaba cualquier forma de producción de calor o frío desde el punto de vista del ahorro y la eficiencia. Tan complejo como para que transcurrieran años para la redacción de esos decretos reguladores, amén del lío interpretativo de su aplicación, pues aunque parecía evidente que ser ellos los que lo ponían en marcha, y por tanto el momento de su aplicación. Y no pareció ser claro, porque técnicos, administradores y letrados, incluso funcionarios, no se ponían de acuerdo de si la simple publicación de la directiva hacía obligatoria la aplicación o no.

Finalmente, después de ocho años, el decreto que regula «la contabilización de consumos individuales en instalaciones térmicas de los edificios», que así se titula, fue publicado el 4 de agosto de 2020.

Entonces sí quedó claro que ya era obligatorio, y en una provincia como ésta, donde la calefacción es vital (y la refrigeración, que también se incluye en el decreto aunque tiene mucha menor implantación), está presente en todas partes y, además con instalaciones antiguas.

Han pasado cuatro años, y, a pesar de las órdenes, los plazos y todo lo demás, y que la administración se puso inmediatamente a controlarlo, aún el porcentaje de cumplimiento es realmente bajo. Y varios son los motivos (aparte de la habitual reticencia a cualquier  cambio y los desacuerdos en las comunidades, especialmente).

Para empezar, la obligatoriedad se podía obviar si, tal y como con buen criterio la norma dice, «es técnicamente posible y económicamente rentable». Eso generó un buen número de peticiones de excepción, complicado asunto, desde el momento en que las fluctuaciones del precio del petróleo hacen que lo que hoy no es rentable mañana sí lo sea y viceversa, lo que complica una contestación administrativa a la petición, ya de por sí compleja.

Para seguir, nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena, y así, de golpe y porrazo, más o menos unos seis millones de viviendas (o sea, también más o menos, cuarenta millones de habitaciones) tenían que colocar y poner en marcha los repartidores de calorías, que es el único sistema para los edificios que se construyeron hasta los noventa, todos ellos calefactados por montantes verticales y no por anillos horizontales como actualmente. Ni había ni hay tal cantidad de aparatos.

Y no sólo es una volumen imposible, es que el plazo hábil anual es corto, pues no se puede completar la instalación más que con la calefacción cortada, es decir en más o menos la mitad de los meses del año. Si se tiene en cuenta la falta generalizada de personal cualificado (y en este caso ha de ser bien cualificado), no tiene nada de particular encontrar usuarios que, habiendo acordado su instalación, tienen que esperar un año, incluso dos, para tenerla terminada. 

Bien es cierto que no todo es malo, porque este decreto ha venido a regularizar el consumo, sino que, además y de rebote, ajusta el costo de una irregularidad en el funcionamiento y que pocos usuarios se han dado cuenta, al menos hasta ahora, como es el cambio de radiadaros en las viviendas.

Con el paso de los años, raro es el usuario que no ha cambiado algún radiador, porque se estropea, porque estorba, porque se hace viejo o porque quiere más calor. Hasta aquí, todo parece normal, pero sucede que, por el sistema antiguo, el costo de funcionamiento se reparte en función de la superficie calefactada (el coeficiente de propiedad del edificio), ya que la base es que dos viviendas iguales en tamaño, orientaciony aislamiento, tienen el mismo radiador. Cuando lo cambio y pogo otro que no sea de idénticas capacidades caloríficas, se produce evidentemente un fraude al consumo, ya que esto de la calefacción no tiene mucho secreto: si tienes más calor es que te han dado más calorías, consumes más y debes pagar más. Pero no es así, porque se sigue cobrando por superficie, pagas lo mismo pero consumes más.

Y es que lo habitual es que siempre el radiador nuevo es mayor que el antiguo (y no pongo las culpas en el usuario, sino en el instalador), porque a veces sucede que el operario de pronto piensa «a ver si le pongo uno nuevo y tiene menos calor, venga un par de elementos más» o, más habitual, como los nuevos radiadores son más eficientes que los antiguos, con menos tamaño dan igual o más, lo que hace que las palomillas de colgar quedan por fuera del radiador nuevo. ¿La solución? poner palomillas nuevas, pero eso supone pintar toda la pared cuando no la habitación entera. Pues nada, pongo uno mayor que las tape y ya está. Y ya está… consumiendo más. Pero se sigue pagando lo mismo.

La instalación de los repartidores, además de facilitar la regulación del uso, cosa antes imposible porque el sistema está preparado para «todo o nada», ajusta el costo individualizado, al menos es lo que los instaladores y administradores consultados reconocen: una bajada generalizada de gasto de combustible, y consecuentemente de la cuenta mensual del recibo. 

03.23 ilu
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