Promesas en alto, problemas en pausa

03/03/2026
 Actualizado a 03/03/2026
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Todo enmudece en campaña electoral para dejar paso a las alfombras , guardadas en el trastero de las cosas que vas a necesitar cada cuatro años y a los gritos entre aplausos de los mítines vacíos. Ahora se desempolvan y se pisan con zapatos nuevos, tal vez los mismos que, hace idéntica cadencia, recorrieron ese suelo. Todo se calla, incluso los políticos, que viven su particular encierro en el «se vende» de sus discursos frente a las respuestas que les piden los de la calle. No les deja la ley, justifican. Y se callan, como si fueran los que les reclaman los que quisieran saltarse una norma que no han escrito.

Toral de Merayo pasa diez días tiene agua. Columbrianos fotografía su «zona de guerra», con baches a punto de devorar coches. Fuentesnuevas y Cuatrovientos salen a la calle a pedir que se les recuerde. Pero es campaña. Y reciben silencio con puntilla y amenaza: «ya hablaremos, ya…». La cadencia de la vida sigue: Peñalba mira de reojo su montaña y el cementerio, en una reflexión tenebrosa, mientras las calles se precintan, los baches esperan y las casas agrietadas casi no pueden sujetarse. La política parece permitirse subirse a una nave y dejarlo todo para después. Y el votante de a pie camina en solitario, preguntándose por qué no tiene agua, por qué el asfalto se despelleja, por qué lo urgente puede esperar. Entre lamento y rabia, ve los carteles del aquí y ahora: retratos retocados y promesas irreprochables que, cada cuatro años, resultan imposibles de no secundar. Uno tras otro, los aspirantes se afanan en llevarse de nuevo el gato al poder, sin notar que el gato espera mientras ellos se pierden en el «y tú más» o el «y tú menos». Se preguntan por qué la basura no se recoge, y se telaraña ese precinto en viviendas ruinosas… Después de tanto levantar la voz en mítines que cosechan fruto añejo, las gargantas no bastan para contener lo que realmente importa. Nos hablamos a la espalda: unos lanzan discursos de ensueño; otros piden lo que hoy les podría mejorar un lunes. Y la urgencia se convierte en silencio. Callan todos. Los malos son malísimos. Y, por ende, los buenos… Y nos piden aplausos ante tan apabullante reflexión. Enseñan diagramas, barras, programas electorales que cacarean cada cuatro años como si fueran la última palabra. Programas que, aunque nunca hayan cumplido, vuelven a vender sin pedir perdón, como si la ley electoral solo les permitiera ese relato. El resto es un discurso de tres simios sentados: no hablan, no escuchan, no ven. Y mientras ellos diagraman el poder, el votante escucha el silencio que llena esas calles sentenciadas al antes de las urnas, en tiempo de espera, casas rotas intentando mantener el tipo, y sueños aplazados. Ese silencio que, al final, es la verdad de la validez de una campaña implacable, eterna...
 

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