Proseguimos esta minúscula serie dedicada a profesiones provistas de presente de indicativo con una no tan novedosa, aunque sí noticiosa en estas fechas turbulentas de la plácida Navidad. Les supongo a todos al día de los acontecimientos desencadenados en el municipio leonés de Villamanín a raíz del sorteo de la lotería que tantas euforias achampanadas dispensa y dispersa. Interesan al caso las reacciones de la vecindad agraciada, pues su catálogo ilustra bien modelos de comportamiento que se debaten en la política de nuestro tiempo, a saber: el solidario y socialdemócrata versus el monetario y sálvese quien pueda.
En los términos en que se ha planteado, los de un error involuntario cometido por jóvenes cuyo objetivo era (quizás ya no vuelva a serlo…) trabajar por el pueblo mediante la organización de celebraciones y actividades diversas, esquivar una posible responsabilidad legal pasa por un acto de solidaridad hacia quienes forman parte de la comunidad o condenarles a pagar por su equivocación. O sea, en términos económicos: renunciar a parte menor del dinero para favorecer a otros o reclamarlo a pesar de ellos. Algo similar sucede con los impuestos: quienes los cuestionan lo hacen con la justicia social y la solidaridad en que se basa la cohesión de una comunidad entendida como tal, sea esta una ciudad, una región, una nación, etc. Obtener servicios públicos (carreteras, hospitales, colegios…) no es el único motivo de pagar impuestos, existe otro de muy alta consideración: ofrecer oportunidad a quien no la tendría, auxiliar a quienes lo necesitan, amparar a los débiles o atribulados, favorecer a la parte de la sociedad que no ha sido favorecida por circunstancias y condiciones ajenas; en definitiva: ser justos.
No está de moda la justicia social. La desacreditan llamándola «paguitas» o hablando de lo bien que viven los pensionistas, de la cantidad de subsidios que reciben los migrantes…; los más finolis hablan de la balanza de cuentas del Estado. Todo esto, por supuesto, es mentira. Pero vivimos tiempos de mentiras cotidianas que no tienen consecuencias y cuya difusión sobrepasa cualquier barrera porque las barreras a la mentira han sido construidas por los mentirosos. Todos deseamos escuchar o leer aquello que nos da la razón y buscamos (y encontramos fácilmente después) discursitos y aparentes datos sobre lo injusto que resulta ser justo. Las trampas de quienes logran aprovecharse del sistema son aireadas como norma mientras se acallan la inmensa mayoría de las virtudes que este puede tener y tiene para equilibrar desequilibrios y favorecer a los desfavorecidos, para que la humanidad y la solidaridad no sean uno de esos cuentos infantiles con final feliz que compartimos en las redes, pero cuyo precio real no estamos dispuestos a pagar. Algo como esto se juega en Villamanín; la lotería es solo azar.