23/04/2026
 Actualizado a 23/04/2026
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Pues ya estaría. A celebrar. Tranquilo, avezado lector, que no me refiero al día de este nuestro engendro autonómico que tanto nos ilusiona a usted y a mí, sino al mensaje de las jefas del socialismo tras tomar posesión de sus sueldos y dejar en evidencia que poco les importa lo demás, que les da igual no ser capaces ni de imaginar una alternativa a una derecha que sigue acumulando décadas en el poder.

Ya tienen todo lo que querían, así que ahora comienza la burda teatralidad, los gestos circunspectos y el lenguaje tremendista para tratar de hacer ver que les preocupa muchísimo qué será de nosotros todo el otoño (porque el verano es para descansar y lucir palmito, por supuesto) y durante los próximos cuatro años con un gobierno de populares y fosforitos.

No cuela. Su prioridad ha quedado clara por mucho que sobreactúen a partir de ahora ante el pacto que firmarán más pronto que tarde y que al día siguiente cada uno interpretará a su manera, tal y como está ocurriendo si seguimos hacia el sur por la Ruta de la Plata, esa que el ministro del hormigón reabrirá la semana que traiga tres jueves. Un pacto que dirá una cosa y la contraria, que hablará de prioridad nacional y de respeto a la ley. Un pacto cuya letra –porque la música será otro cantar– ignorará que la savia extranjera es lo único que evita la desertificación de este nuestro engendro autonómico. O al menos de gran parte del mismo, esa que ha perdido catorce habitantes al día desde el año en que nacieron la comunidad y quien junta estas letras mientras una sola provincia ha ganado tres. 

Pero hablar de centralismo es cometer sacrilegio. Hablar de que el pacto para constituir el engendro también fue un engaño es ponerse la boina. Decir que, aunque no hay capital, se ha aplicado la prioridad vallisoletana es victimismo. Pero no es solo que se haya aplicado, sino que se sigue aplicando, como bien se encarga de recordar casi cada día el ministro del hormigón.

Y pasa lo mismo en esta nuestra vieja y maltrecha piel de toro, donde el centro y el este progresan hasta la saturación mientras el noroeste se siente como Morante tras la cornada que le reventó la musculatura esfinteriana anal. Pero hay quienes quieren hacer ver que los inmigrantes molestan, que el problema no es la falta de gente que se ponga tras la barra de los bares, cuide a nuestros mayores o plante lechugas, sino la nacionalidad de quienes vienen a hacerlo. Como si no hubiese jetas, vagos y chupones nacionales y de importación, igual que ocurre con las copas. Como si gritar «viva España» fuera un salvoconducto para poder vivir del cuento y ser de otro país fuera una rémora pese a levantar el nuestro asumiendo trabajos que nosotros no queremos.

Es cuestión de prioridades. A mí me preocupa más la despoblación que la inmigración, me enorgullecen quienes trabajan, me estomagan quienes se ríen del trabajo de los demás y me la sopla si tienen pasión gitana y sangre española o vienen de donde Cristóbal Colón perdió las chanclas. 

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