Imagen Juan María García Campal

Prioridad universal

29/04/2026
 Actualizado a 29/04/2026
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Más de una semana lleva argayando sobre algunos espíritus patrios de barra de bar, intimidante y mal educado insulto y poco más, el mantra patriótico «prioridad nacional» con intención nada edificante –«que infunde sentimientos de piedad y virtud»–, y más bien, corrijo, peor, toda vez que viene a exacerbar sentimientos racistas, xenófobos y producir inflamación de dichos espíritus con su «los españoles primero». Viene esta nueva ola de nacionalismo español de la mano de quien viene, de la renacida ultraderecha y de la derecha menesterosa para y por mandar que, como siempre, muestra una gran cintura negociadora, haciendo gala de su utilitario marxismo (de Groucho, no cunda el pánico): «si no le gustan mis principios tengo otros». Y qué quieren que les diga, me preocupa este nazionalismo –no es errata es eco y asco– tan creciente por la patria. Como que desde siglos no hubiéramos sido los españoles muy españoles pueblo emigrante en busca de unos mejores días y vida tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Y no me digan que se iban todos con papeles en regla, que muchas veces era el ruido externo del hambre e interno de la esperanza lo único que llevaban nuestros paisanos a países cuya lengua compartían o no. Parece la amnesia de nuestros orígenes mal bastante extendido entre tanto descendiente de la pata del Cid como hoy hay. Como que los demás, como que la tierra y la vida, no guardásemos buena memoria de las verdades vividas.

Conste, no obstante, que no me parece mal el enunciado «prioridad nacional». En lo que mantengo disenso es en la, insisto, racista y xenófoba concepción convivencial que esconde. Porque si el estómago te lo permite y pones la oreja donde se haga loa de la misma, escuchas cómo el encarecimiento de la vivienda o la saturación de la sanidad o el deterioro progresivo de la educación pública es por culpa de los moros, negros y sudacas que vienen a por la o las paguita/s. Y se quedan tan orondos, oiga. Vergüenza no les queda, ya no digo para ponerse rojos, ¡dios me libre!, sino ni aun gualdos.

Mas, ya saben, uno, amén de sus provincianismos, es de parias de la tierra y, sobre todo, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: «Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición…». Pero, más vale solo...     

¡Salud!, y buena semana hagamos.

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