Ahora somos más. Lo dice el INE y los números empujan a parte del arco político a desempolvar la bandera de la Prioridad Nacional. Y, según las encuestas, la idea tampoco desagrada demasiado al otro lado del hemiciclo. O al menos a los que les votan.
Es tiempo de hacer distingos, pero cuando éramos menos no crean que esto funcionaba mejor. En los noventa apenas recuerdo inmigrantes entre nosotros, pero las colas en el ambulatorio ya eran parte del paisaje. El mal funcionamiento de lo público no lo inventó nadie que viniera de fuera.
La Prioridad Nacional, bien mirada, siempre ha sido una costumbre muy nuestra. No hace falta irse a grandes debates parlamentarios: basta con salir un día de lluvia sin paraguas. Ahí están las vecinas del centro, leonesas de toda la vida, con él en alto y gesto de propietarias de la acera, bien pegaditas a la pared sin desviarse un centímetro para que sea usted quien acabe calado hasta los tobillos. Prioridad nacional. No vaya a ser que ahora uno de Guayaquil venga a perfeccionar la técnica.
También se practica en el gimnasio. Dice el amigo Jorge Lozano, con razón, que ya lee más gente en el gimnasio que en la biblioteca. Uno entra en el Basic-Fit y el horizonte está lleno de máquinas ocupadas por gente mirando el móvil con una devoción casi religiosa. No mueven una pesa, la cobertura encima del press-banca debe ser maravillosa. También ahí queremos prioridad, no vayamos a joder. Nosotros primero para no hacer nada.
Sucede igual en la cola del súper, en la de la ITV, en Hacienda y, en general, en cualquier fila donde exista la posibilidad de adelantar a alguien con la convicción moral de que lo suyo siempre es más urgente. No queremos prioridad nacional: queremos privilegio personal.
Pero eso sí, quíteme usted del marrón. Ahí ya no quiero ser el primero. No seré yo, con estas manos tan prioritarias y tan nacionales, sin un triste callo, quien prefiera limpiar a los mayores cuando a ellos ya no les llega la mano. Ni quien les dé palique cuando la cabeza empieza a perder contacto con la nave nodriza. Para eso, curiosamente, la prioridad ya puede ser internacional.
También cogemos vez los primeros para mirar con sospecha esos locutorios donde tantos inmigrantes se reúnen, muchas veces procedentes del mismo rincón del mundo, y deducimos con gran seguridad que si están ahí en horario laboral será porque no pegan un palo al agua. Nos molestaría bastante que alguien lo pensara de nosotros, pero el prejuicio siempre parece más elegante cuando lo lleva otro.
Habrá de todo, claro. Como entre los que no tenemos ninguna duda de haber nacido aquí. Al final, donde la Prioridad Nacional sí se aplica con un rigor admirable es en el reparto de cargos de asesor, ayudante del ayudante y director general del gabinete del maestro armero. Ahí sí que raro el inmigrante que accede a una paguita de esas de loar al que toque y callar lo mayor.
Y quizá ahí estaba el problema desde el principio: nunca se trató de proteger lo nuestro por ser de aquí, sino reservarnos el asiento bueno y el que venga detrás que arree, como se hizo toda la vida. También cuando éramos menos.