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Principio de incertidumbre

27/09/2018
 Actualizado a 14/09/2019
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El presente es incertidumbre. No sé si más que otros presentes pasados o menos que todos los futuros posibles. Pero vivimos en la incertidumbre según la definía Virginia Woolf, como «un ciego que revolotea en el vacío en busca de un mundo mejor cuya existencia solo suponemos». La política que debía organizar nuestras vidas no consigue ni gobernarse a sí misma y cada vez es más difícil enumerar esos futuros previsibles. El funambulismo parlamentario con el que alquiló La Moncloa el PSOE obliga a retorcer los principios y corregir las promesas, «lo posible con 84 diputados» que dijo el presidente Sánchez en una reciente entrevista, borrando cualquier atisbo de certeza. Y aquella otra política antes sumergida (la que en las series americanas encumbra a los líderes) ahora marca la agenda y hace trizas cualquier calendario. Esta política de cara B, hedor de las cloacas del Estado y los partidos, se va filtrando a la portadas de los periódicos y a los titulares de los informativos. Está en auge el sector de las ratas de archivo, los custodios durante décadas de grabaciones comprometedoras y los enemigos íntimos que se han cansado de sutilezas y ahora derriban a hachazos los sillones. Que a cualquiera le sale una tertulia de café con Villarejo o un viejo trabajo académico al que con el tiempo se le han caído las comillas.

Una campaña publicitaria de un banco que asegura que «cuánto más sabes mejor decides» y discrepo porque el problema es que estamos empezando a saber demasiado. La inestabilidad que aterra a la macroeconomía, a las pymes y a las familias ha llegado para quedarse. La bruma de no tener claro cuándo ni a quién le subirán los impuestos, si caerá mañana el Gobierno o si aquella propuesta del Consejo de Ministros terminará irreconocible al pasar en subasta por el Congreso. Todo es incertidumbre, manotazos al aire, que vamos a empezar octubre sin conocer la mayor parte de los candidatos a las alcaldías en las elecciones de 2019. Con el Gobierno de la nación sin capacidad para aprobar unos presupuestos para el próximo año y la Junta de Castilla y León esperando tranquila en el limbo sanchista para presentar los suyos. Con todos los políticos con la maleta hecha, como en la casa de Gran Hermano, sin saber si hoy sales o pasado entras. Extraña menos entonces, en esta coyuntura de urgencias, que haya quien se amarre al futuro (que lo aguanta todo) como paradoja posible de tierra firme y seca. Así presentó esta semana el alcalde Antonio Silván una hoja de ruta para León hasta 2027 con 45 proyectos que dependerán de las decisiones políticas y las disponibilidades presupuestarias. Es decir, escrita en el Bernesga que siempre es el mismo río pero nunca el mismo agua. Lo mismo hizo Pedro Sánchez cuando se autoconvenció de que el proyecto socialista de su Ejecutivo quería transformar España de aquí a 2030. Qué bonito es soñar hasta que te despierta la mañana.

Alejarse del presente es alejarse del ruido. En esta tierra uno viaja tan solo poniendo un puñado de kilómetros de por medio. Allí donde se apagan las ciudades, donde el atardecer solo deslumbra calles casi vacías el hoy es un mero instante. Estas semanas que ando recorriendo pueblos he descubierto que en sus casonas despobladas, en sus campos sin labrar y en las iglesias cerradas habita la certeza. Una seguridad desoladora al abrigo de la tradición y de la Historia. Un paisaje al que sujetarse porque se ha quedado inmóvil, obligado a ser pasado. Ese «principio de incertidumbre» de Heisenberg que demuestra que puedes saber dónde estás o a dónde estás yendo, pero no ambas a mismo tiempo.
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