El sábado por la tarde existe una especie de creencia colectiva según la cual somos alguien porque salimos a cenar, otro nos trata de usted, nos entrega una carta y podemos elegir de ella lo que nos place. A cuerpo de rey, que para eso pagamos. Los sueldos no dan para salir de pobres, así que la cena es el refugio de las ínfulas monacales de algunos que empuñan el báculo del mandatario y se creen con derecho a traspasar líneas rojas. No hay que confundir camarero con esclavo, ni con ninguna otra categoría que algunos parecen desempolvar cuando se sientan a una mesa. Pagar una cena no incluye el derecho a humillar a quien la sirve, aunque hay sábados en los que parece que la educación se queda en casa y la soberbia se reserva la mejor mesa. El odio ya ni siquiera necesita esconderse. Se exhibe y se comparte. Ocurrió en un conocido establecimiento de Ponferrada. Un cliente publicó una queja que empezaba con un reproche perfectamente comprensible: habían salido a cenar y tardaron una hora en servirles. La tardanza, multiplicada por el precio y la prisa, puede dar como resultado una nota baja en ese escaparate de los «me gusta» donde hoy parece que se juzga hasta el último plato. Pero el cliente no se quedó ahí. Necesitaba explicar el retraso y encontró una razón que, en su cabeza, parecía suficiente: el camarero era «moro». A partir de ahí, la queja se fue llenando de insinuaciones sobre sus papeles, sus estudios y otras consideraciones que nada tenían que ver con el tiempo de espera. Y todavía remató la faena anunciando que volvería, pero que, si seguía allí aquel trabajador al que despreciaba, plantearían una queja. Parece que el sábado también reparte bastones de mando y batutas judiciales entre quienes confunden su opinión con una sentencia.
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