En España, por el momento, no se contempla la pomposa y singular figura de ‘primera dama’, referida a la mujer del presidente de la nación. Al menos que se sepa. Acaso y en un tiempo pasado ejerció tal restringida peculiaridad (sin serlo) la asturiana Carmen Polo y sus famosos collares, a la sombra alargada del general (ísimo) Franco. Sin embargo, el país vivía en aquel entonces un régimen dictatorial y, por lo tanto, duro, encorsetado y prohibitivo. Donde hay patrón, no manda marinero. Y el antiguo ‘comandantín’ –que por este remoquete se le conoció durante su estancia en Oviedo al bajito y aflautado de Ferrol- mandaba un huevo y la yema del otro. Lo decía Carmencita, la hija, refiriéndose a España: «el chalé de papá».
Las épocas cambian y, pese a ello, los hechos y acusaciones que rodean a la seudoleonesa Begoña Gómez, esposa del ‘amo’ de La Moncloa, se empeñan en que parezca lo contrario. ¿Ejerce de primera dama? El oropel que la circunvala induce a la confusión. Y el ardor con el que la defienden los ministros más afines a la causa sanchista, en su batallar contra el juez Peinado, lo acreditan. Todos a una contra la judicatura. Dicho de otra manera, se parten el esternón y lo que haga falta, por sacarla a flote del lío en que se ha visto envuelta por una presunta mala praxis. Y más cosas. De modo, que es de vergüenza institucional ese comportamiento mancomunado de los próceres de la patria, que explica otra vez más la deriva de un Gobierno lisiado y cogido con pinzas.
Que la defienda su marido –si es que puede (que podrá) gracias a sus conocidas ‘habilidades’ de tahúr con mano desnuda– entra dentro de lo razonable. Al fin y al cabo es un problema de carácter familiar que también le salpica en lo político, pese a que a él se la bufe todo lo que no sea seguir pernoctando en el palacio de Puerta de Hierro. La separación de poderes le es ajena. Eso ya desde que asumió el liderazgo perturbado de los socialistas y el Gobierno. Y para que no hubiera dudas, lo sentenció chulescamente con el nombramiento bravío del ahora desprestigiado exfiscal general del Estado, hoy en la nevera, si bien a punto de descongelarse. «¿De quién depende la Fiscalía?», se preguntó a sí mismo el ‘amo’, en presencia del periodista que le interrogaba. Y el entrevistador, cariacontecido, no tuvo más remedio que admitir que «del Gobierno». «Pues eso,» remachó con altanería el pisaverde. Y, en el decir, enseñó dientes al estilo Pantoja.
En su día, el ‘ilustre’ portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados, Patxi López (de nacimiento Francisco Javier López Álvarez, muy vasco él), tuvo una brecha mental (o no) al elevar a la categoría de ‘presidenta’ del Gobierno a la mujer de Sánchez. Fue cuando se supo de los posibles tejemanejes de la dama. La afirmación de Patxi se tomó como un lapsus de zangolotino, pero algo se apuntalaba en el subconsciente de quien se atrevió a preguntar al ahora su jefe, en un debate de primarias del partido, si sabía qué era una nación… Así anda España. Y doña Begoña.