16/04/2026
 Actualizado a 16/04/2026
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Hoy, si no os importa, os hablaré de una excursión que hicimos los menteros del Porma y del Curueño en un año tan lejano como 1980. De aquella, toda la ribera del Condado estaba sembrada de menta, esa cosa con la que se hacen caramelos, dentífricos y colonias. Pasaba por ser la más pura de Europa y se mezclaba con la que se importaba de Turquía y de Bulgaria, donde daba mucha más producción por hectárea que la de aquí pero mucho menos mentol, que a la nuestra la sobraba. El caso es que el Condado parecía Hollywood o Las Vegas, porque el dinero, como en las cuencas mineras, corría por las calles. Los agricultores se la vendían a Plantafarm (una multinacional alemana que todavía tiene una factoría en Villanueva), a Romirón, con el inolvidable Diego ‘Panza Pego’ como gerente, o a Herminio, que la compraba en nombre de Bordas Chinchurreta o de Molina. El que más compraba era, sin duda, Herminio, porque era (y es) buena gente, incapaz de engañar a nadie.

Pues un año, este buen señor ideó un viaje a Murcia para todos los agricultores a los que compraba aquel ‘oro verde’, con todos los gastos pagados: autobús, hoteles y comidas. Como mi señor padre era como era, dijo que él no iba ni loco, pero que fuera yo. Aquí me tenéis, con otras cincuenta o sesenta personas montado en el bus que partió de Vegas un día cualquiera de finales de enero. Por supuesto, uno era el más joven de todos los viajeros con muchísima diferencia. Dormimos, aquel primer día, en Madrid, en un hotel y una pensión (no cogíamos todos en el primero) de la ‘Red de San Luis’, en plena Gran Vía. Uno hizo noche con José Luis Jiménez, el único, junto con Herminio y un servidor que, estoy casi fijo, continúa respirando de todos aquellos excursionistas. Creo, recuerdo mal (han pasado muchos años), que fuimos a un Bingo y que él cantó una línea y un bingo. Lo que sí sé es que nos levantamos muy temprano y que, después de desayunar, nos montamos en el autobús y emprendimos el viaje a Murcia.

Una cosa que os quiero aclarar a los jóvenes que me leéis: en España, por aquel año, habría cinco o seis autovías que estaban o bien en Madrid o bien en Barcelona. Todo el resto eran carreteras de doble sentido, incluidas las famosas ‘nacionales’. Excuso decir que un viaje que hoy te lleva tres horas y media (como el que hablo), entonces podía durar seis o siete horas, pero, aun así, la gente viajaba. A media mañana paramos a tomar café en Las Pedroñeras, el pueblo de los ajos..., y doy fe, porque olía a ajos desde veinte kilómetros antes y veinte después. A llegar a Murcia, sobre la una, fuimos al hotel, que se encontraba al principio de la zona vieja, justo al lado del puente de San José, y de allí, con dos cojones, nos dirigimos al Rincón de Pepe, el más icónico de la ciudad, donde nos pusimos como el quico.

De aquellos dos o tres días en Murcia tengo anécdotas para dar y tomar: la tarde en que fui a comprar una ‘gorra murciana’, estilo a las que usaba Paco Rabal, a la mejor sombrerería de la ciudad..., no me valía ninguna, hasta el punto de desesperar al dependiente que se arrancó con un «Acho, pijo, ¡vaya cabezón tiene usted!», a lo que Tura le contestó, «pues al cabezón mayor le hemos dejado  en el hotel»...; se refería a Cinio, tío del director de La Nueva Crónica; otra tarde estuvimos atracando (nos dejaron hacerlo, no penséis mal), una huerta de limoneros espectacular que se hallaba en Cabezo de Torres, una pedanía pegando a la capital y que era propiedad del señor Molina. O cómo, cuándo volvíamos al hotel a extrañas horas, al llegar al puente antes mentado vimos tres hembras de las de rompe y rasga y a las que mis dos acompañantes querían echarlas el lazo. Uno, en su ingenuidad, vio que tenían una nuez o bocado de Adán exagerado y se lo hizo notar. No me hicieron ni puto caso, pero cuando llegamos a su altura y las oyeron hablar, mis compadres se dieron cuenta de qué iba el percal y no acabaron en el río de puro milagro. Unos barrenderos que estaban limpiando por las inmediaciones casi se mean de la risa.

De Murcia fuimos a Alicante y de allí, deshaciendo el camino, acabamos en Aranjuez, el pueblo más hermoso de la Comunidad de Madrid (bajo mi punto de vista). Comimos en El Rana Verde, otro restaurante mítico que me quedó grabado, como la villa, en la memoria para siempre. De hecho, años después, cuando viajaba a Andalucía o a Levante, siempre una noche por lo menos, paraba allí para pasear por sus jardines o para zampar una cena o una comida por su sitio en el Real Sitio, cosa que os recomiendo encarecidamente porque es una experiencia inolvidable. Os seguiré contando más viajes, si Dios quiere.

Salud y anarquía.

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