Esta semana comienza la primavera, que siempre nos llega con su estrategia: hacerse la inocente. Primero manda una tarde templada, al tiempo que dos pájaros cantan con entusiasmo sospechoso, y cuando queremos darnos cuenta ya forma parte del paisaje, del paisanaje y del calendario.
Un error clásico es que cada año guardamos el abrigo con un optimismo temerario, puesto que cuarenta y ocho horas después volvemos a sacarlo con la dignidad herida. La primavera es una estación encantadora, sí, pero… también bromista pues promete sol y entrega nubes, ofrece flores y añade polen… ese confeti microscópico que flota en el ambiente.
Lo cierto es que con ella regresa la vida a nuestros campos, a la vez que las terrazas dejan de estar ocupadas exclusivamente por fumadores a dos grados bajo cero y empiezan a repoblarse como setas urbanas. La salida del trabajo ya no consiste en correr hasta el coche para no tener que abrir el paraguas y mojar el asiento, sino que las reuniones de interacción social afloraran como las prímulas.
Los árboles forman su propio espectáculo puesto que durante meses han permanecido desnudos luciendo colores marrones y grisáceos en estado taciturno. No es hasta que aparece la primera hoja tímida y verde, una pequeña aventajada, cuando empezamos a entender que la primavera no llega de golpe, no, pues lo hace hoja a hoja.
Pero quizá ese sea su encanto y no la estabilidad abrasadora del verano, ni la melancolía literaria del otoño, pues la primavera es más bien algo provisional, ligeramente caótica y peligrosamente capaz de convencernos de que este año sí que sí saldremos a correr cuando deje de llover…
Hoy damos la bienvenida a nuevas y jóvenes lectoras, ya que, al fin y al cabo, ellas son el futuro. Entre otras: María B.B, Lidia B. B. y Marta B. C.
«Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Pablo Neruda. Salud.