Como viene sucediendo desde hace algunas décadas, la visita de un papa a España, León XIV en este caso, está ofreciendo ese componente multitudinario, cálido, y también solemne, que seguramente la mayoría de sus fieles espera, gracias a esa inequívoca comunión de masas que tanto caracteriza los grandes espectáculos mediáticos del presente. No me parece mal. De hecho, en muy poco se diferencia de las multitudes que aclaman a otros líderes, aunque no tengan la significación de un papa. En este tipo de grandes ceremonias no sólo se reconoce un liderazgo, sino que se pretende obtener el beneficio, espiritual o sólo emocional, de contemplar (y, con suerte, quizás rozar, en un saludo improbable) a un ser santo para muchos, a alguien que llega como una referencia, al menos para los católicos, particularmente en un mundo lleno de miedos y grandes incertidumbres.
En estos días se han escrito varios artículos en los que se jugaba con la idea de la masa que sigue a un líder, por la coincidencia de la visita papal a Madrid con la del músico Bad Bunny, o, ya puestos, con las mismísimas elecciones a la presidencia del Real Madrid, que también es un club objeto de adoración en muchas partes del planeta. Hasta el papa dijo el otro día que se sentía madridista, no como papa, sino como Robert Prevost. El anterior, Francisco, manifestó siempre su devoción por el San Lorenzo de Almagro. Lo terrenal no es ajeno a los papas, conviene recordar. Ni siquiera el fútbol, cuya gloria, por mucha que sea, reposa en las vitrinas.
Lo que resulta evidente es que, más allá de las diferencias entre los liderazgos, siempre hay en ellos un componente de admiración y de adhesión inquebrantable, que proporciona audiencias entregadas y contribuye a crear esa sensación de gran espectáculo colectivo, tan propia de nuestro tiempo. Ya sé que todo se vive también, o eso espero, en una dimensión más íntima y personal, desde el hecho religioso o espiritual hasta la pasión por una figura de la música. El arte, después de todo, como bien subrayó ayer el propio papa en el encuentro celebrado con la gente de la cultura en Madrid, es alimento del espíritu, o al menos de la parte emocional del ser humano: es lo más parecido a esa idea de perfección y belleza que a menudo se asocia con lo divino. El arte nos transporta a los mundos intangibles, nos acerca a un dios, o a los dioses, eso ya depende de cada uno, nos hace soñar y hasta creer en cierta trascendencia, al menos en alcanzar una memoria duradera. Mientras somos recordados, todavía existimos, se ha dicho. El arte nos eleva sobre la cruda idea de la muerte.
Más allá de la ‘performance’ y del tratamiento televisivo, que tiene que ver con estos tiempos que vivimos, la visita de León XIV será recordada por su compromiso con los inmigrantes, con la diversidad y con el multiculturalismo. Este papa siempre ha parecido más tímido y menos dicharachero que Francisco, hasta el punto de que se echaba de menos, quizás, que tuviera una participación más decidida a la hora de analizar los complejos asuntos del mundo. Pero creo que sus primeras manifestaciones han sido, aunque siempre sin estridencias, suficientemente contundentes y reveladoras. Tanto, que, de inmediato, han surgido voces críticas, en esencia desde las posiciones más conservadoras, aunque no de una manera oficial. Sin ponernos estupendos con los adjetivos, algo que suele ocurrir, no han faltado los que lo han calificado como un papa de izquierdas, un papa rojo, o poco menos, algo que también sucedió con el pontífice anterior. En fin: no parece extraño que esto suceda en medio de la enorme ola autoritaria y narcisista, alejada de toda compasión, que sacude el mundo. Que Prevost haya tenido ya serias discrepancias con Trump no sólo es una buena noticia, sino que es una muestra evidente de inteligencia.
Uno se mueve exclusivamente en el terreno laico, con el que me identifico. Desde ese terreno analizo, por ejemplo, el interesante discurso del papa León el pasado sábado. No fue nada coyuntural ni superficial, sino todo lo contrario. Como se dice en la propia Escritura, el que tenga oídos, que oiga. Su llegada a España ha coincidido con la publicación de su encíclica, ‘Magnifica Humanitas’, en la que, siguiendo en cierto modo la estela de su antecesor León XIII (autor de la famosísima ‘Rerum Novarum’, en torno a la nueva situación del mundo del trabajo como consecuencia de los cambios de la Revolución Industrial), Prevost ha incidido en la doctrina social y ha alertado sin ambages sobre los peligros de la dominación tecnológica (en pocas manos), lo que viene a coincidir con quienes ven una especie de tecnofascismo en marcha, lo que puede llevarnos, no ya a un mundo neoesclavista y orwelliano (en ello están algunos, creo), sino, incluso, a la propia extinción de la especie humana. No es un asunto menor. Algunos dicen que León XIV debería haber ido más lejos, especialmente en la percepción del mundo del trabajo que se avecina, fundamentalmente por la irrupción de la IA. Pero creo que esa alerta que Prevost ha manifestado es suficientemente nítida y contundente, por el momento. No veo a algunas instituciones globales mostrando tan a las claras su preocupación ante los peligros potenciales del tecnofascismo.
El asunto de la IA, que promete estar en todos los debates en los próximos años, enlaza directamente con la educación. Y aquí Prevost también ha pronunciado palabras interesantes. En el referido discurso, arremetió sin duda contra el populismo que está destrozando la vida de la gente. La superficialidad y el maniqueísmo, cuando no la ignorancia, se proponen como caminos ideales, como salidas fáciles para los descontentos, con el fin de privar a la democracia de su elemento más importante y decisivo: la complejidad de las ideas. León XIV se muestra opuesto a esta especie de hackeo de la mente de las personas, que se usa como herramienta política.
Prevost habló de la educación «libre y de calidad», algo que resulta fundamental para el desarrollo de cualquier sociedad. Habló en su discurso contra «la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones». No se puede decir que sus opiniones sean tibias. Sabía muy bien en qué escenario se encontraba. En materia de avances sociales y educativos, llegó mucho más lejos: «dar un salto cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la universidad y la investigación», dijo. Debería ser escuchado de inmediato, ante el injusto deterioro que sufre la enseñanza pública, especialmente en algunos lugares.
Son múltiples los aspectos que León XIV ha abordado en sus alocuciones de estos días, pero, sobre todo, resalta su crítica a las «narrativas divisivas», y su apoyo al multiculturalismo y al derecho internacional desplegados por este país. Su defensa de la confluencia de culturas y de los inmigrantes es innegable, y, de alguna manera, describe cómo deberían actuar las democracias modernas, aunque Europa esté pensando ahora en muros, en barreras y hasta en campos de deportación. Parece que Robert Prevost no se cruzará de brazos ante los gigantescos retos a los que nos enfrentamos.