Javier Fernandez

Prevost es de la Ponferradina

10/06/2026
 Actualizado a 10/06/2026
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Fue llegar a Madrid y quedar sorprendidos por el colapso de la ciudad. Viendo la vida pasar en una terraza de la avenida Reina Victoria, el ajetreo era agobiante hasta para aquellos que simplemente despertábamos con un Colacao con medio cerebro aún por conectar. Entre bocinazos, carreras y canciones, miraras donde miraras encontrabas grupos de gente perfectamente conjuntada que llegaba tarde adondequiera que fuera. Algunos, con ropas elegantes de blanco impoluto, cruces t banderas. Otros, con manga corta, gorras y lo que parecían cámaras de fotos colgadas del cuello. Y entre todos, ahí estábamos unos chavales con camisetas blanquiazules. Para los acostumbrados a la tranquilidad de La Rosaleda, el bullicio era hasta molesto. «Pues sí que mueve gente la Deportiva», nos repetimos ojipláticos durante toda la mañana.

Emprender el viaje hacia Alcalá de Henares resultó ser una odisea. En una misión laberíntica, llegamos a una gasolinera en la que el empleado estaba un poco despistado. Nos debió de reconocer como aficionados al fútbol, pero hasta ahí. «Hoy seguro que ganáis», nos dijo, instantes antes de reconocer que no tenía ni repajolera idea de cuál era nuestro equipo ni dónde jugábamos. «Somos del Dépor», le contestamos. Y ni se extrañó. Ese hombre solo sabía lo más importante: «hoy seguro que ganáis». 

Poco más tarde, junto a una farmacia, la misma situación. Una familia, a la que nuestra vestimenta le quería sonar de algo, nos llamó al orden y nos preguntó de qué equipo éramos. «Del Éibar», respondí. «Pues seguro que ganáis», contestaron. Igual tampoco les sonaba tanto, pero también se mostraron seguros de lo verdaderamente importante. Y nos insuflaron confianza a los que nos encomendábamos a un milagro divino.

Ya en Alcalá de Henares confirmamos que, pese a algunos desubicados, Madrid se había paralizado por este partido. Por allí se dejaron ver David Villa, Gabi o Enrique Ortego, unos espectadores de lujo que iban a advertir en primera persona que la profecía del gasolinero y de la familia se cumplió. Esos cabrones que no tenían ni idea lo clavaron: ganamos. Un nuevo capítulo del milagro de esta plantilla fue escrito ante nosotros.

De vuelta al bullicio, un grupo de chavales nos gritó «¡Esa Ponfeeee!». Tras levantar el puño en señal de victoria, nos alejamos mientras ellos comentaban con todo detalle nuestra victoria ante el Atlético Madrileño. Nadie se lo perdió.

Terminado el viaje, encendí la tele y me llevé el golpe de realidad. Resulta que por Madrid coincidieron con nosotros el Papa, Bad Bunny y hubo elecciones a la presidencia del Real Madrid. Todo empezó a encajar. Aquellos de las cruces no venían al fútbol. Los de las cámaras tampoco. Y normal que el gasolinero no tuviera ni idea. Pero, visto lo visto, quedó clara una cosa: el Papa es de todos los equipos, pero Prevost es de la Ponferradina.

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